MASCULINIDADES EN RESISTENCIA

We're here. We're queer. Get used to it.

viernes, 5 de febrero de 2016

Folla a tu prójimo como a ti mismo

Hubo un tiempo en el cual el encuentro sexual fugaz, clandestino, anónimo, temerario (con su alta dosis de alto riesgo y letal) fue característico de quienes se oponían a las reglas del amor romántico, el flirteo y la monogamia. Cuerpos sexuados que vivían el deseo de su carnalidad más allá de las exigencias y limitaciones de la heterosexualidad y la homosexualidad como raíles conductores, normalizantes y totalizantes de las maneras “correctas” para vivir el deseo.
Hubo un tiempo en que fue posible ser radical.
La sociedad consumista que vende-compra satisfactores para necesidades inventadas, más que requeridas, ha impuesto sus cánones en todos los ámbitos de la cotidianidad humana, ello incluye también las dinámicas del deseo que se han higienizado de tal modo que la promiscuidad resulta la “peor” de las acciones y en su contra se defiende una fidelidad a ultranza.
¿Qué es la fidelidad sino un corsé para la vivencia humana? Se fideliza al cliente, al consumidor, al empleado, al creyente; ahí donde se fideliza, se esclaviza, se aliena, se arrebata la posibilidad de agencia. Fidelizar es obedecer. Y quien obedece no reflexiona.
Mujeres y hombres buscan con ahínco (así en la realidad como en el universo virtual) el amor, pero no como experiencia y construcción de la subjetividad, sino como una suerte de ortopedia existencial en la que se tiene a quien declarar dueño de los sentimientos, pensamientos y acciones, a quien reclamar atenciones y favores, a quien servir para sentirse útil y dotar de sentido la propia existencia, es decir, el amor como excusa para sobrevivir la vaciedad de una vida consumista, ergo, insatisfecha.
De esos “amorosos” me guardo. Seres (la más de las veces) pusilánimes, resentidos, egoístas, superfluos que exigen encontrar en el otro lo que adolecen en sí mismos. Si el amor es carencia, déficit, búsqueda de sí en las fronteras del otro: en tiempos de la hetero/homonormatividad, buscar y hallar el amor es el mandato y el vector que vehicula y justifica todas las ansias, las dolencias, los pequeños triunfos que enmascaran grandes derrotas que in/satisfacen la vivencia diaria.
Se coge higiénicamente: hombre y mujer, hombre con hombre, mujer con mujer, pero siempre guiados por el amor (romántico) y el deseo (normativizado), lejos de excesos, excentricidades, anormalidades, con fantasías validadas por el establishment que devienen prácticas permitidas (y sólo las permitidas) que excluyen todo aquello que ensucia el marco aséptico de lo que cabe en la expresión “hacer el amor”.
Se coge coitocéntricamente. En la escena sexual sólo toman parte los genitales y en las posturas que deben participar; fuera queda lo erótico y lo afectivo porque ello supondría abrir las posibilidades del ejercicio de una sexualidad integral, plena, de verdad satisfactoria… porque ello demanda corresponsabilidad, respeto, cuidado. Y es más fácil “hacer el amor” (que mandata y no obliga) que follar, que exige todo.
Las demandas de compañía que ocultan la urgencia de un satisfactor que colme momentáneamente el abismo propio disimuladas bajo requisitos como: busco a alguien a quien le interesen los buenos sentimientos (¿cuáles son los malos?), el físico no importa, quiero a alguien fiel, no busco sexo (pero se interroga sobre la forma, el tamaño, los modos de los genitales), entre otras expresiones, manifiestan la urgencia de cumplir el mandato de un sistema heterosexual y generizado (sólo masculino-femenino) que ha absorbido en su pretendida corrección muchas de las antiguas desobediencias sexuales, afectivas y emotivas amparado en un discurso de la prevención, la higienización, la exclusión de lo extraño, lo raro, lo anómalo. Se manda “hacer el amor” aunque con ello se deshaga el cuerpo carnal y emotivo, se amputen zonas de la subjetividad y se restrinja el goce. 
Yo prefiero follar que es una forma de re/conocer al otro y a sí mismo. Follo con todo el cuerpo, pero también con la mente y los afectos, con inteligencia e irracionalidad (sin guiones ni presupuestos, lo más espontáneo posible, si cabe). Follo con quien sea posible, pero sobre todo conmigo. Follo porque puedo.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Resisto porque espero.

¿AUMENTA LA POBLACIÓN ‘HETEROCURIOSA’?

El deseo en red (o del agua mansa líbreme Dios)

Al margen de lo que la podría suponerse es cada vez mayor la cantidad de chicas y chicos heterosexuales que se atreven a cruzar la calle para alcanzar la otra orilla del deseo. “El deseo no es un vector dirigido sino un movimiento radial expansivo” afirma Nilla K., médico del prestigioso Centro de Investigaciones sobre Conductas no-lineales de la Universidad de La Vega. Lo cual se suma a las teorías (algunas incluso probadas) de que ir por un solo carril nunca ha sido la norma sino la excepción.

Es común dar por hecho que los hombres buscarán relacionarse sexualmente solamente con las mujeres y que éstas se relacionarán únicamente con varones. Una mirada más crítica y panorámica a las relaciones coitales que se establecen entre unas y otros, revela que ante la urgencia de satisfacción sexual “ellos deciden incursionar en prácticas eróticas con sus pares, y ellas dar rienda suelta a sus fantasías con otras chicas”, refiere Nilla K.

Algunos culpan de este boom de la “desheterosexualización del deseo” a las campañas feministas, a la promoción de la teoría Queer, a las políticas de No-acción del actual Papa y a la cada vez más visible (no necesariamente más aceptada y reconocida) transexualidad. “El cuerpo es ahora, más que nunca, fuente de placeres que reclaman ser satisfechos: si ayer fue comer o comprar compulsivamente, lo de hoy es coger siempre y hacerlo con todo, sin importar el sexo del otro”, revela entusiasta Transman, gerente de la agencia de contactos no-heterosexuales “Dale-con-todo”. Lo cierto es que eso de ir “los nenes con los nenes y las nenas con las nenas es, en algunos ambientes, demodé y de ningún modo revolucionario”, insiste Transman, mientras ofrece información a varones heterosexuales que quieren incursionar en otras prácticas.

Así, la denominada “crisis de la heterosexualidad” se suma a las otras crisis que nos asuelan: la crisis del euro, la de la identidad, la de la política interna, la del cambio climático, la de la reforma educativa; en definitiva, el mundo puesto patas para arriba. Ya en su apocalíptico texto, “El crepúsculo de la heterosexualidad”, B.P. anunciaba el fin de la heterosexualidad en “tanto gestión de la subjetividad obsoleta” [http://redalyc.uaemex.mx/pdf/623/62310109.pdf ]. Lo cual no significa el advenimiento inminente de una nueva era, que bien podríamos llamar “la del todos con todos y todas con todas”.

La matriz hetero y la linealidad sexo-género-deseo se mantienen vigentes y acusan pocas señales de extinción. “Lo que ahora vivimos es una flexibilidad a la hora de disfrutar del cuerpo; de los cuerpos” apunta Busty Capricho, activista sexual: “tirar para un solo blanco resulta aburrido y hasta incorrecto políticamente si existen muchos otros blancos a donde tirar”.

Otra es que esa curiosidad adquiera carta de naturalización entre las prácticas eróticas: “El ejercicio de la heterosexualidad siempre será asignado y enseñado como un ideal sexual de los cuerpos diferenciados, no importa que esa imposición sea un simple capricho amparado en la supuesta complementariedad de los sexos biológicos” afirma Furor de Jesús, rector de la Universidad Ars de Ciudad Marea. Y lleva razón, prácticas heterosexuales vemos, prácticas homoeróticas no sabemos.

Pero basta con mirar la celebración de un gol en los partidos de futbol, las manadas de pubertos que deambulan por los centros comerciales, la muchedumbre que asiste a los conciertos musicales para observar acercamientos físicos que rebasan la manifestación de afecto y celebración y se aproximan ¿peligrosamente? al gozo erótico. Así va el mundo, mejor aparcarse si no se tiene interés en cruzar el otro carril ni por un segundo.

En fin, mientras se practiquen en un ambiente de respeto y responsabilidad y su visibilidad fomenten la aceptación y normalización de múltiples prácticas eróticas, bienvenida sea la curiosidad corporal (ya aunque sea en lo 'oscurito').

Información tomada del portal: www.vente-conmigo-pa-casito.com.



miércoles, 4 de julio de 2012

FIN DE CURSO ESCOLAR Y LA ACTUACIÓN DE LOS ROLES DE GÉNERO

La ceremonia de clausura del ciclo escolar es una oportunidad idónea para observar la ritualización (su representación ‘exagerada’, quiero decir) de los roles de género: niñas y niños actúan (en el bailable elegido por docentes o titulares de artísticas), lo que han ensayado durante varias sesiones para ofrecer al público un buen choucito.

Desde luego, no se asume así. Dije ensayado, repetido, practicado y refiere un exceso: las niñas han repetido una serie de pasos para ser ‘niñas’ y los niños han memorizado un listado de instrucciones para ser ‘niños’; de este modo, ambos representan lo que los adultos esperamos observar durante la coreografía. El festival de fin de cursos es la pasarela donde podemos constatar el cumplimiento de los roles de género y/o el fracaso de los mismos. Incluso su desafío.

Es curioso observar (cuando así se hace, desde luego) cómo las y los estudiantes que culminan el primer grado, asumen el bailable como un juego; la mayoría se divierte (así parece) actuando ante un público aun cuando los aditamentos de género confinan a unos y a otras a la teatralización de ciertos gestos, giros y expresiones que a esta edad ya tienen incardinados, sabidos de memoria.

Pero en el estudiantado de segundo grado en adelante, pude contemplar cómo la estructura social, que es de género, huelga decir, ya ha domesticado a los cuerpos. Pues éstos, además de manifestar una torpeza motriz y espacial, que se acrecienta conforme avanzan de grado escolar, acusan una coreografía sexo-genérica que da cuenta de lo bien que han aprendido a ser niñas y a ser niños: ellas contenidas, sobre todo; ellos, pura explosión. Generalizo, desde luego.

¿Y alguien se da cuenta de este teatro que obliga a los cuerpos a actuar un único papel con poquísimas posibilidades de reinterpretarlo? ¿Alguien cuestiona esta actuación que contiene a las niñas y a los niños en un cerco que reafirma formas de exclusión, invisibilización, explotación y desigualdad? Durante el tiempo que duró el festejo de esta mañana, ni la maestra ni el maestro que coordinaron el evento mencionaron ‘lo femenino’: “Buenos días, padres de familia, alumnos, maestros y público en general”. ¿Las madres de familia (la mayoría de las asistentes), las alumnas, las maestras eran el ‘público en general’? No escuché ninguna queja, reclamo o llamado de atención urgiendo a la maestra o al profesor a nombrar también a las mujeres.

Lo triste de este tipo de eventos (lo fue y es para mí), no es solamente contemplar cómo se expone a las criaturas a la ridiculización (ellas maquilladas y con tacones; ellos con bigotes ‘pintados’ y sombrero), sino cómo se les muestra precisamente como resultado del trabajo que la escuela hace en los cuerpos en términos de institucionalización, reproducción y reafirmación de los esquemas de género sin darse cuenta. Porque precisamente a través del bailable, se intenta mostrar lo que no es demostrable (el aprovechamiento y la adquisición de competencias y destrezas varias) y evidencian lo que las y los docentes no ven. Pero que tampoco observan las madres y padres de familia ¿Qué miraría una mamá o un papá que contemplara ese espectáculo con una mirada crítica?

El choucito pues, da fe de la actuación de lo que significa ser niña y ser niño en el espacio escolar, pero también de cómo se ha aprendido lo femenino y los masculino, asimismo, evidencia, en algunos casos, la disidencia o lo fallido, por decirlo simplistamente, que puede ser el proceso en algunas niñas y en unos cuantos niños que manifiestan movimientos que acusan una irregularidad en la ejecución del género. Toda esta representación expone a su vez, las actuaciones de género de las y los docentes, del personal administrativo y de quienes cohabitan con el estudiantado día con día en el salón de clases, pero también en los pasillos, zonas de juego, entre otros.

Al final del evento me he quedado con la tristeza (y el llamado a intervenir) de lo mucho que hay que hacer para contribuir a mirar de otra manera a las y los estudiantes, y en consecuencia, actuar con otras estrategias que consideren que los cuerpos de las niñas y de los niños no son robots que se ensamblan a lo largo de la educación primaria (vale también para otros niveles educativos), sino sujetos que se construyen cotidianamente y que deberíamos contribuir a ayudarles a realizar ese proceso. La cantidad de chicas jóvenes con criaturas en brazos, embarazadas, algunos padres adolescentes, la numerosa cantidad de niñas y niños presentes en el festejo, deberían decirnos algo más que “he aquí una comunidad que ha cumplido a rajatabla el sistema sexo/género”. Mañana iré a otro choucito, a ver qué novedades sorprenden a mi mirada.

viernes, 29 de junio de 2012

JUNIO

Resisto porque espero.
A MI ABUELA.

Junio 21 años después. Supongo que estará muy orgullosa de que el mestizo siga avanzando en el camino que alguna vez, quizá, vislumbró que andaría. Qué dicha y qué dolor al mismo tiempo, brincar entre los cardos que me han revelado también una manera de desplazarme. Qué ilusión de alcanzar ese horizonte que se antojaba más lejano que ahora. Resisto porque tengo memoria.

miércoles, 27 de junio de 2012

RABIA Y RESISTENCIA

“... el cuerpo tiene sus propios territorios, sus propias barreras y geografías [...] que no terminan en las fronteras físicas, sino más allá de éstas...".
Olga Sabido Ramos.


Yo sabía que tenía rabia, pero ignoraba cuán furioso estoy. El secreto me lo ha desvelado mi cuerpo durante una sesión de pesas esta mañana. De pronto me di cuenta de que mis brazos no podían sostener la carga impuesta, mínima en verdad, para los parámetros de los halterofílicos en potencia y en acto que asisten a ese espacio. Sin embargo, para mí, una tonelada que apenas si podía soportar. Fue ahí cuando surgió del interior un grito que habría sorprendido a quienes estaban presentes si lo hubiera emitido: debí haber lanzado el aullido.

Pero ese grito ahogado, tragado hasta más adentro lo escuché y lo sentí. Descubrí que es la rabia contenida que llevo dentro tras el curso de una vida donde he tenido que sorber silencio, maniatar furias, ceder a caprichos. La revelación me asustó, no porque ignorara su existencia, sino por la magnitud de lo callado. Nunca me había puesto a pensar que pudiera cuantificar el coraje, mi coraje, y lo que esta mañana descubrí me hizo tirar con más fuerza del aparatejo de tortura y sentir una pequeña liberación que me gustaría experimentar a lo grande.

Ah, los límites del cuerpo. Los extrarradios de la materialidad. Sus sumideros y sus respiraderos. Pocas veces siento tan mía esta corporalidad que soy y que vivo sobre todo, cuando estoy enfermo o doliente o pasando por una situación de estrés extraordinaria y también en la consumación del deseo. Pero ahora se me ha revelado y rebelado como un torrente imbatible, incensurable, no dispuesto a pactar más su silencio mientras un peso específico tiraba de mis fuerzas.

Y me gusta que sea así. Por eso he escrito estas líneas nomás llegar del gimnasio, para regalarle a mi rabia un acta de reconocimiento de su presencia en mi cuerpo, del lugar que ocupa en el mismo y también como un compromiso de liberar esta energía y aligerar el peso oscuro que aún llevo a cuestas. Quizá después de esta erupción se me enderece un poco la espalda, merme un tanto el dolor de mis pies, en definitiva, ande con un alma menos pesada.

lunes, 16 de abril de 2012

ME SOBRA DOLOR... PERO ME FALTAN PALABRAS PARA DESCRIBIRLO

Para ser honesto (o patético) no me encuentro, no me vivo, me agoto. Siento que este cuerpo: material, único, desvencijado, mío, no me queda. Querría rasgarlo por las costuras para ampliarlo, para agregarle tela, piel, cables que me permitan sentir-vivir-gozar-padecer-añorar-imaginar-repetir otras sensaciones. Quiero decir que este cuerpo (ya) no me basta.



Pero no encuentro lugar dónde recauchutarlo para que funcione (otra vez) como nuevo. Las dosis de vitaminas no son suficientes. Las sustancias tóxicas que discurren por mi cuerpo han perdido su poder energizante y me causan más disgustos que satisfacciones. Necesito una extensión de mí mismo: cyborg, electromagnética, somática, dildónica, esterosexual, o en su defecto, el desenchufe (definitivo).



Condenado a ser materia me resisto a ocupar un único lugar en el espacio al mismo (único) tiempo. Creo que lo mío va de desear una corporalidad sin perímetros, o al menos, unos más amplios que los que ahora me limitan. Ansío el cruce de mis fronteras para transvasarme a otros cuerpos y que a la vez, otros cuerpos me rieguen con su materialidad. No quiero ser 3D; no me basta. Quiero ser 4D, 5D o lo que sea posible. Se me oxidan los miembros anclados a unas dimensiones que limitan-asfixian-encadenan. Me pesa, por decir lo menos, hasta la mente.



Mis pensamientos se han tornado más densos a medida que se vuelven, también, menos oscuros. Siento que he abandonado la batalla y me he contentado con este tedio pseudoburgués que me obsequia la ilusión de un equilibrio precario, el arribo a un puerto dibujado en la pared y sin barquito.



Me declaro impotente. No tengo más fuerzas. El algoritmo de ser social que dicta mis acciones ha sido superado por las expectativas que el deseo no ha alcanzado a cubrir. Me desQueerizo y con ello evidencia mi esqueleto maltrecho: no es la mente enloquecida la que me hace raro, sino el cuerpo modelado lo que me torna esquizoide: no es el fragmento sino la pretendida unidad…



He aquí mi Queerpo: aprehendido y des/aprendido de sí mismo. Cuerpo alfabetizado para luego no ser leído; si acaso desdibujado. Cuerpo designificado y sin embargo, todo mío.



Me sobra dolor… pero me faltan palabras para describirlo.

lunes, 9 de abril de 2012

TESTO YONQUI

El amor es siempre una cibernética de la adicción.
B.P.



Mira por dónde, he concluido la lectura de Testo yonqui el día que la liturgia laica ha denominado “viernes santo”. Santísimo. De acuerdo. Porque tratar de estos aspectos del cuerpo y de la carne tiene que ver necesariamente con la idea judeocristiana de santidad. La eterna obsesión de la iglesia impura, bastarda, pederasta, malsana. Por ello celebro que en este día ‘santo’ haya terminado de leer el texto de Beatriz Preciado.


Testo yonqui es una pachequez narrativa, y como tal, encuentro en ese entramado, claroscuros que me acercan o distancian de mis propios viajes narrativos. Pura lógica textual llevada al extremo para provocar reacciones temerarias: estar de acuerdo con sus actuales (tiempo del relato) posturas ideológicas o pasar de ellas como de la mierda. La autoetnometodología planteada por Beatriz Preciado aspira a politizar todas las acciones de los cuerpos; desestabilizar para proponer otro ¿orden?; subvertir como una suerte de declaración de guerra de independencia contra un sistema opresor global: el capitalismo farmacopornográfico.


Acierta tantas veces como parece derrapar otras más, en el intento por empujarnos a salir de una suerte de estado de inercia-sedación-somnolencia y combatir contra el tecnobiopoder armados con dildos y testosterona. Con todo, en muchos momentos, el texto me pareció una oda a la masculinidad como sustancia química a la que se accede (o no) libremente, y a esa lucha/aspiración/obsesión/meta él/ella lo denomina política. Lo cual me lleva a preguntarme si Preciado quiere el pan o la panadería. O ambas. Me explico.



A la larga serie de mártires que este país ha dado, a la par de la guerra civil que nos envuelve [ya sé que no es tal, pero como soy ignorante no sé llamarla de otra manera] y que produce desaparecidos, levantados, cuerpos mutilados y daños colaterales, yo los denomino “reclamadores de pan disimulados en pedidores de la panadería”, son esos "alguien" que (por azar o mala suerte) sufre una pérdida y se torna inmediatamente en un repentino activista de la defensa de los derechos humanos, cuyas demandas se multiplican viralmente por todos los soportes mediáticos posibles y se erige en el mártir del momento; martirio que dura sólo hasta que recupera lo perdido y entonces regresa a la comodidad de su vida mediocre, sin volver a pronunciarse ni entrometerse más en una lucha que decía, era política.



Pienso si a B. P. no le pasa lo mismo en algunos momentos: si cuando pide que la testosterona sea una droga-hormona de libre acceso para las mujeres (bio y tecnos) en realidad no está reclamando solamente su dosis de manera legal, regular, garantizada, casi subvencionada, es decir, pide la panadería cuando sólo quiere el pan. En todo caso, abundan los temas y abordajes polémicos que consiguen sacudir, a ratos, al lector. No deja indiferente a quien lee. Precisamente hacia el final del texto, propone otras maneras de abordar la cuestión del sexo, el género y la sexualidad, cito en extenso:



El género (feminidad/masculinidad) no es ni un concepto, ni una ideología, ni una performance: se trata de una ecología política. La certeza de ser hombre o mujer es una ficción somaticopolítica producida por un conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo, por un conjunto de técnicas farmacológicas y audiovisuales que fijan y delimitan nuestras potencialidades somáticas funcionando como filtros que producen distorsiones permanentes de la realidad que nos rodea. El género funciona como un programa operativo a través del cual se producen percepciones sensoriales que toman la forma de afectos, deseos, acciones, creencias, identidades. Uno de los resultados característicos de esta tecnología de género es la producción de un saber interior sobre sí mismo, de un sentido del yo sexual que aparece como una realidad emocional evidente a la conciencia: “soy hombre”, “soy mujer”, “soy heterosexual”, “soy homosexual” son algunas de las formulaciones que condensan saberes específicos sobre uno mismo, actuando como núcleos biopolíticos y simbólicos duros en torno a los cuales es posible aglutinar todo un conjunto de prácticas y discursos (2008: 89).



Así, al término de la lectura de Testo yonqui, da (dis)gusto ver la pradera llena de machitos y hembritas sociales pavonear su masculinidad y su feminidad ortopédica, asumida de tal modo, que (hasta) parece natural; convencidos y convencidas de que nada ni nadie puede arrebatarles ese estado de gracia y pulcritud (ficcional, of course), que al menos a mí, no me interesa. Qué se lo hace.



Viernes santo 6 de abril de 2012



Preciado, B., (2008), Testo yonqui, Madrid, Espasa-Calpe.

jueves, 22 de marzo de 2012

LA HISTORIA DE N: ¿CUESTIÓN DE GÉNERO O CENUTRIEZ?


… por supuesto todos los bio-hombres no poseen un programa de genderización de macho de élite. Muchos han sido biopolíticamente programados como putitas de barrio; el problema es que en la actual ecología sexual deben funcionar como machos, con las frustraciones que ello conlleva.


Beatriz Preciado; Testo yonqui.









N tiene 22 años, cursa una licenciatura que no le gusta, pero que si consigue concluir satisfactoriamente le permitirá ‘heredar’ la plaza laboral de su padre. De espíritu festivo y despreocupado, N ha confiado siempre en su “buena suerte” para sortear los obstáculos escolares, las diferencias en las relaciones con sus amigos, los efectos de los compromisos amorosos (nunca termina una relación porque de este modo queda la posibilidad de volver, sin complicaciones). Al igual que muchos otros varones de su edad, N suele mantener prácticas sexuales de riesgo (desoye la cultura de la prevención), abusar del alcohol (alcoholismo social, fuma poco), confiar en que “a él no le pasará nada de eso”, y le gusta jugar futbol. No tiene un compromiso que acuse una responsabilidad social (vota por el partido de siempre) aunque asegura tener una conciencia política. N es, lo que podríamos llamar, un “irresponsable feliz”.





La vida de N discurría en esta placidez, no libre de riesgos, hasta que “una pendeja dice estar embarazada” (de él). Además del susto y el coraje (“la pendeja no se tomó las pastillas que le di”), en caso de ser cierto el pronóstico, N se plantea abandonar sus estudios e irse a otra ciudad para trabajar y hacer frente (es un decir) a la situación: ¿huye o asume su responsabilidad? ¿Reacción común o indiferencia? ¿Actúa conforme a parámetros de género o razonadamente? Mientras llega la confirmación del embarazo de la chica (a quien no ama, es sólo un free), N continua saliendo con otra mujer (“hermosísima”) “porque la vida sigue”.





El relato de N da cuenta también de la vida de muchos jóvenes que como producto de un contexto donde el desarraigo, la irresponsabilidad, la falta de compromisos (consigo, con los demás, con las instituciones) y la superficialidad con que se viven los afectos, entre otras razones, han asumido una invulnerabilidad que paradójicamente los hace más vulnerables. Son los antihéroes de una narración a la que asisten en primera persona sin disfrutar las acciones y ante un público que a veces aplaude (indiferente) sus actuaciones.





Cabe aclarar, que el referente no condiciona este tipo de reacciones, pues frente a escenarios más adversos, cientos de personas consiguen realizarse de manera digna, honesta y responsable. Sin embargo, a una gran mayoría de les mira vivir indiferentes, errantes, altaneros, desafectados de casi todo lo que debería comprometerles, pusilánimes, infantilizados pero con prerrogativas del mundo adulto; los N abundan en el paisaje público: sean zonas de ocio y esparcimiento o la escuela, el escenario donde coincido a diario con ellos.






Para efectos de este texto, paso de enumerar las posibles razones que arrojan a estos jóvenes (varones, sobre todo) a esa suerte de malabarismos que los hace bordear el vacío; paso de referir con estadísticas y ejemplos cuáles son sus vicios, si consumen alcohol y otras drogas; de si son hijos queridos o producto del error, del azar, del deber. Paso de buscar culpables y de lanzar acusaciones; en este relato me centro en las vivencias que N fue refiriendo durante cinco meses y que leídas “de regreso” permiten proponer una lectura de su actuar, y si es posible, sirva también de lectura preventiva para otros N.






Biografía de N: la cultura del esfuerzo






N es el hijo mayor de una familia de cuatro integrantes: padre, madre y un hermano siete años menor. Es el primero entre los suyos que consigue llegar hasta la universidad, es también, entre sus parientes, el único que eligió seguir estudiando y no decantarse por el empleo informal, los vicios (alcoholismo sobre todo) y el emparejamiento y la reproducción antes de los veinte años. Fue un estudiante ejemplar hasta la preparatoria, cuando se hartó de ser “ñoño” (tema que desarrollaré más adelante) y empezó a faltar a clases, a no estudiar para sus exámenes, a jugársela con sus estudios (estuvo a punto de no egresar del bachillerato por una materia que reprobó, pero consiguió ‘salvar’ el obstáculo tras un soborno).






N forma parte de lo que se denomina “cultura del esfuerzo”: su padre, tiene un empleo fijo que le permite mantener a su familia, no sin sobresaltos; la madre contribuye a la economía familiar con la realización de varias tareas y N trabaja de vez en vez para allegarse un dinero que emplea netamente en sí mismo. El hermano menor se dedica únicamente a estudiar. Forman una familia de clase media (lo que queda de ésta) en la que la tarjeta de crédito ayuda a llegar a fin de mes sin sentir que se asfixian: tienen ciertas comodidades fruto de las aspiraciones que alimenta y aviva un contexto que impulsa el espíritu consumista: justo ahora estrenan una casa que se suma al patrimonio familiar.






Ha sido en el hogar donde N aprendió que las cosas se obtienen con esfuerzo. Admira profundamente a su padre por todo lo que ha hecho para darles una estabilidad; quiere a su madre quien ha asumido su papel de compañera, ama de casa y mamá “gallina” (pelea a muerte contra quien ‘toca’ a sus polluelos). N quiere para sí, cuando recuerda que debe quererla, una familia de este modelo: esposa, un hijo y una hija. Él se mira como proveedor y aspira a tener en su esposa una dócil ama de casa y cariñosa madre de sus críos. N sueña con un hogar de fotografía de álbum viejo. O no tanto.






N no pide permiso para salir de casa ni da cuenta de sus actos, sean de la naturaleza que sean: su padre confía a ciegas en él (aunque no le presta el coche cuando sale de juerga), la madre no interfiere en esa relación, y cuando éste se mete en algún problema (se le hace tarde fuera de casa o se embriaga, por ejemplo) el padre entra en escena y lo salva. A cambio, N sirve de chofer, de cómplice, de siervo de su padre; claro que N no mira esta relación así: asimétrica, vampírica, avasallante. Para él las cosas son como deben ser y así están bien. Por eso N no aspira a una realización personal ni profesional sino económica: tener un trabajo, juntar dinero, gastarlo en viajes y diversiones (alcohol y mujeres) y al final, un hogar (coche y casa incluidos) y dedicarse a trabajar hasta ser viejo y haber cumplido (¿con quién? ¿con los suyos o con él?). N no sueña, proyecta expectativas alimentadas por otros.

N y las mujeres: “por tu maldito amor”






N llegó al alcohol antes de que supiera que quería tomar. Desde los trece años, cuando aprendió a manejar el auto de la familia, empezó también a ser el asistente de su padre, quien los fines de semana solía cerrar la jornada laboral en cantinas o en reuniones donde el alcohol era abundante y la fiesta se prolongaba, muchas veces, hasta las primeras horas de la madrugada. Poco a poco su padre lo fue introduciendo en la bebida, dosificado, hasta ser ahora un consumado borracho que no causa problemas. N asegura no ser adicto pero sí presume aguantar mucho. Chupa como esponja, “hasta un límite donde yo sé que ya no me entra más”. Entonces vomita y duerme. O vomita y sigue la borrachera. A veces el guion sufre modificaciones: chupa, coge y se duerme.






La palabra prevención no es precisamente la favorita de N (ya una vez se salió de la carretera por conducir con sueño), quien cree que es un hombre con muy buena suerte (algo que parece ser es cierto) y que siempre ocurrirá algo de última hora que lo librará (y sí, parece que es así), pero la buena fortuna tiene caducidad. Ahora espera que el indicio de haber embarazado a la chica con quien retozaba de vez en vez no se confirme o tendrá que asumir su responsabilidad (lo que él entiende como tal) con ella y la criatura.






N conoció el sexo mucho después que el alcohol; a los 17 años de la mano o mejor dicho, entre las piernas de una chica de su edad. Fue un encuentro no planeado (en el asiento trasero de un auto), con protección (al parecer) y rápido. A él le pareció que no tuvo nada de especial. En adelante, la vivencia sexual dejó de ser un interés y prefirió la compañía de sus amigos alrededor del alcohol tras la partida de un juego de futbol. Deporte que N practica desde los cinco años (estuvo en las reservas de un club deportivo de fama nacional hasta que las limitaciones económicas y una lesión le apartaron de ello).






Las circunstancias de la vida fueron desintegrando el grupo de amigos y N volvió otra vez la vista hacia las mujeres. Todas, incluida aquella a la que no debía mirar “de más”. La novia del mejor amigo, la chica “encargada” mientras aquél dejaba la ciudad por motivos laborales, la mujer que con quien terminó acostándose y de la cual recibió el fatídico mensaje: “él coge mejor que tú”. Sino que aceptó sin contraríala, y que desde entonces lo obliga a pretender superarse en cada encuentro sexual. Pero haga lo que haga, no consigue vencer al oráculo maldito.






El amigo volvió, supo de la traición, perdonó y se fue lejos. N, en cambio, no superó el peso de la culpa y terminó por hundirlo la actitud conciliadora de su amigo. La nobleza de aquél es una herida que de vez en vez (entre cervezas) se abre. Tiempo después, N dejó aquella ciudad para ingresar a la universidad, pero viajó con los recuerdos, la afrenta, las culpas y un propósito nebuloso que un par de años después se atrevería a decir/se en voz alta: no tengo otro propósito (sexual) que esforzarme por ser merecedor del título de “buen amante”.





De este modo, N prefirió evitar relacionarse afectivamente con las mujeres pese a tener fácil el acceso a ellas debido a su carácter dicharachero y a su máscara de tímido e inocente. N rehúye del compromiso y cuando resulta inevitable cumplir como hombre, se embriaga hasta conservar sólo la mínima conciencia para saber que se está tirando a una chica (daba igual si es una desconocida), colocarse (muy pocas veces) el preservativo, penetrar salvajemente, terminar y echarse a dormir sin importar más. N ha despertado muchas veces sin apenas recordar con quién ha estado.






Tiempo después N confesaría que si mantenía relaciones sexuales sobrio “se aburría” (varias veces dejó a las chicas desnudas en el lecho y él se fue) y que borracho no pensaba en nada; léase aquél lejano oráculo “él coge mejor que tú”.






N y el amor: “yo no quiero casarme, pero sí quiero tener un hijo varón”






N no recuerda haber tenido una novia que haya querido mucho. Sino muchas a las que no quiso o poco. En cada mujer que conoció, buscó vencer en la intimidad a aquélla que lo había descalificado como amante y ser “ese hombre” que el fantasma de su amigo le impedía ser. Un día N podía decir que estaba enamorado de una, declarársele y si recibía un no, al día siguiente había superado el rechazo (si era con cerveza, más rápido aún) y ya estaba enamorado de otra [esto suele pasar con mucha frecuencia en varones con una inestabilidad emocional profunda; mera observación], sin más gestión que la voluntad.





El amor es para N un trámite más que se realiza o se pospone sin mayor complicación. No sabe de culpas (dice), no sufre (asegura), no se preocupa por nada (y así parece). Sin embargo, él sabe que su padre (y su madre, sin duda) esperan que tras culminar la carrera, acceder al mercado laboral en un tiempo corto (recuérdese que heredará una plaza) lo que sigue es su boda o “juntarse” con alguien. Una chica desde luego. N es el único varón de la familia extensa que no engendró un hijo antes de los 18 años; incluso su abuela en plenas fiesta decembrinas, le pidió un bisnieto y ante la petición N enmudeció. La abuela falleció hace un par de meses.






N no quiere casarse. No antes de los treinta. N no quiere un hijo, de ser posible. O un varón sin madre de por medio. N quiere vivir para sí, para la fiesta, para los amigos y no obstante, se prepara para renunciar a esos planes porque en cuanto llegue la hora que sabe que arribará, dará feliz cumplimiento al deseo de su padre (y el del resto de la familia). Si es que la confirmación del embarazo no adelanta la materialización el deseo y frustra los proyectos. A N no le duele ver en riesgo sus perspectivas, sino quedar atado a una mujer que no quiere: la misma que sabe, jamás le dirá que al fin ya superó en sus artes amatorias al fantasma. Sí, N encima de todo, es persistente.






En esa búsqueda N se atrevió a indagar en su cuerpo para re/conocer otras sensaciones, salir de su falocentrismo y coitocentrismo, para darse la oportunidad de vivir otros deseos. Meras intenciones que no llegó a concluir porque tuvo miedo de sus propias reacciones. N sabe que tiene “pegue” con los chotos y presume de ello. Su padre incluso le reconoce “la buena suerte que tiene con los putos”. Pero N los respeta si lo respetan, sino “les parto su madre”. Sin embargo, no ha tenido escrúpulos para dejarse acariciar, consentir, tocar por un puto (¿o más de uno?) que a cambio pagó a N y a sus amigos una larga borrachera, “y sin haber soltado prenda yo”, aclaró.






Pero N aunque es un heterosexual reconocido, no posee la facha de un hombre “de verdad”; lo sabe y lo asume sin “ruidos”: no es rudo ni varonil, ni barbado ni musculoso, ni blanco ni rico, ni poseedor de un look cool. Más bien tiene pinta de hetero confundido, de no saber qué quiere, de niñato desbrujulado que pide ayuda a su papá cuando está perdido, de postadolescente insufrible, de jugador amateur que no llegará más lejos. Sin embargo, a ciertas chicas les atrae su estampa de despreocupado de tiempo completo y van en pos de él. Para salir bien librado de situaciones difíciles le ha ayudado bastante este camuflaje (y las chelas, sin duda) y su carácter desprejuiciado que oculta su irresponsabilidad e inmadurez.






N y la escuela: “no quiero ser ñoño”






Como no eligió la carrera que quería estudiar sino la que conviene cursar para acceder a la herencia prometida, N está inscrito en una licenciatura que le causa más disgustos que satisfacciones. Con todo, empezó muy comprometido; luego se desinteresó por la facultad, al grado de exponer su permanencia en la universidad “porque estaba enamorado”, y prefería ir en busca de la amada antes que asistir a las clases. Después enmendó su actitud y consiguió sobreponerse y encarrilarse en los estudios.






Fue precisamente en el cruce de un semestre que promovió exitosamente al siguiente, en que cometió (por enésima vez, recuérdese que es persistente) la irresponsabilidad de mantener relaciones sexuales sin protegerse y llegar hasta donde está: a la espera de la confirmación de un embarazo o el anuncio de “falsa alarma” que lo ha mantenido en vela durante varios días (“le voy a dar un putazo si resulta que me engañó”; como si el crío hubiera sido concebido sin su ayuda).






N fue un estudiante dedicado, nerd. Un caso extraño en las familias de su padre y de su madre, donde la escuela no fue una opción y se abandonó prematuramente. N en cambio, sin renunciar a su gran pasión, el futbol, se fue convirtiendo en un alumno responsable que conseguía altas notas y reconocimientos escolares. Pero desistió. El argumento es que “en mi casa daba igual que saliera bien o saliera mal, no me decían nada, así que dejé de ser ñoño” y empezó a no ir a la escuela, no asistir a clases, dejar de hacer tareas, y como no pasaba nada y de todas formas salía bien, “no ya con dieces y nueves, pero bien”, siguió por ese camino.






Según N, la falta de reconocimiento familiar lo apartó de la disciplina escolar, pero ¿faltaron también estímulos escolares? ¿No hubo docentes que reconocieran sus logros? ¿N no fue capaz de valorar positivamente su desempeño académico? En todo caso, es así como N elude la responsabilidad que tiene en su proceso formativo y deja en cambio, en las manos de otros, sus resultados. Aun ahora que está en la universidad el desinterés e indiferencia de los padres es tal que ignoran cuánto le falta para concluir la licenciatura. A lo mejor el embarazo, de confirmarse, los lleva a plantearle la pregunta ¿en qué semestre ibas? ¿En qué año te quedaste?






N ante la vida: tanto va el cántaro al agua ¿hasta que se ahoga?






La incertidumbre que supuestamente asfixia a N es un secreto entre tres. Hasta ahora. Sabe que si el fallo es positivo tendrá que hablar con sus padres, los de la chica (el padre de ésta no lo acepta), y empezar a llevar a cabo una serie de acciones que lo colocarán en otra situación. El relato que produzca N no es muy diferente de las narraciones que desafortunadamente se escriben a diario: ¿qué es lo que ocurre que no aterriza en la conciencia de las y los jóvenes la cultura de la prevención? ¿Qué vectores son necesarios para concientizar a las y los jóvenes en materia de educación sexual, pero también en torno al amor propio y la responsabilidad consigo y con el otro, por decir lo menos? ¿Qué sobra o qué hace falta para concientizar a las y los jóvenes de su saber ser/estar en el mundo?






En el discurso de N puede leerse (entre otras lecturas, desde luego) además de una profunda irresponsabilidad consigo mismo y para con los demás, una serie de mandatos de género en los que ha “fracasado” y que podrían ser, entre otras, una de las causas por las cuales está ahora en el borde de un abismo al que no pidió acercarse y que no obstante, hizo todo lo posible por llegar hasta ahí:






a) Si N sabe que no cumple con todos los requisitos de lo que se considera un hombre “de verdad” y hasta los asume con cierta ironía ¿por qué no consiguió superar el estigma de no ser un “buen amante”? ¿Por qué decidió volver una y otra vez al mismo sitio en busca de conseguir tal certificación? ¿Por qué se empeñó en que fuera ella la que lo liberara del “hechizo”?






b) ¿Cuáles son los mandatos de género que N cree que debe cumplir, y para ello pasa de su bienestar y salud y se embriaga hasta el extremo sólo para tener relaciones sexuales sin protección con mujeres que desconocen su pasado (fracasado) sexual? ¿Por qué N no logra disfrutar del encuentro sexual en estado de sobriedad? ¿Qué pasa con las mujeres que intiman con N? ¿Por qué aceptan tener sexo bajo las condiciones que les impone y encima, tomarse la píldora “de emergencia” una vez satisfecho el macho? ¿Ellas disfrutan el encuentro con N? ¿Por qué no le exigen el uso del preservativo? ¿A qué arcanos deberes obedecen ellas y él?






c) ¿Vale decir que N se siente culpable por no haber tenido un hijo cuando la mayoría de sus pares (parientes varones) ya han engendrado al menos uno? ¿Buscaba inconscientemente cumplir el anhelo de su abuela? ¿Hay remanentes de la infracción que N cometió contra su amigo y la novia de éste que lo han orillado a autocastigarse exponiéndose a prácticas sexuales de alto riesgo?






d) ¿Cabe la posibilidad de pensar que N no es (total o solamente, si esto vale) heterosexual y que ha disfrazado de múltiples maneras un deseo que podríamos considerar bisexual u homosexual? ¿Qué es lo que N (no) sabe y/o descubrió de/en su cuerpo y le causa temor? ¿N ignora la naturaleza de su deseo? ¿Qué es lo que N se calla a sí mismo sobre su cuerpo, su sexo y su sexualidad?






e) ¿N es fruto de su tiempo de suerte que la irresponsabilidad, la pusilanimidad, la indiferencia (y otros elementos) son constituyentes de su (no) ser y su (no) actuar? ¿Es su padre un peso demasiado denso que ha terminado por desdibujar sus límites y anular sus propias expectativas? ¿N desea en función de los deseos de su padre (y su familia en general)? ¿N siente (en el fondo) que nadie lo quiere (ni familia, ni escuela ni amistades)?





f) ¿N renunció a sí mismo en el momento en que supo que no podría ser jugador profesional por razones económicas (sobre todo)? ¿Esa imposibilidad lo orilló a no-desear por cuenta propia y a depender solamente del destino, a abandonarse en la (su) “buena suerte”? ¿Es su supuesta “buena suerte” una manera de manifestar indiferencia ante todo? ¿Su irresponsabilidad es una suerte de melancolía?






g) ¿N es un cenutrio sin par que no ha sabido aprovechar/valorar las oportunidades, los esfuerzos y los recursos (familiares, económicos, institucionales) que se han puesto a su servicio para que se desarrolle como un ser humano pleno (hasta donde es posible serlo)? ¿N es el ejemplo claro de que no siempre toca a uno ser “el guardián de mi hermano”? ¿El acompañamiento debe devenir parasitismo? ¿Las acciones irresponsables (y sus consecuencias) de N sirven de argumento para no promover el acompañamiento, la solidaridad con los demás, para desistir de valorar la vida de los otros?






Sin duda, cualquier respuesta estará incompleta y formulará más preguntas de las que una situación de esta naturaleza a veces uno se plantea, no sin rabia ni pena, no sin empatía y al mismo tiempo juzgando, no sin evitar cuestionarse ¿qué haría yo en su lugar?






N conoce este texto y en lugar de emitir una crítica o exponer un malestar (que es lo que podía esperar) ha dicho “que tú lo hayas puesto así estuvo loquísimo, es lo más chido que he leído en mi vida, casi me chorreo; eres súper genial y no sé cómo lo haces”. Su reacción da cuenta de la superficialidad en la que se desliza sin apenas tropezarse o de la manera en que asume su vida, tan válida y respetable, a pesar de que sus acciones y omisiones repercuten en la vida de los demás. N vive o existe, forma parte de un circuito de sucesos en los que (in)cumple su función sin plantearse si eso que considera su vida, en realidad le pertenece. En todo caso, no seré yo quien tire la primera (ni la última) piedra.


Primera versión: lunes 12 de marzo de 2012
Texto con correcciones: jueves 22 de marzo de 2012

miércoles, 21 de marzo de 2012

SUBJETIVIDAD FARMACOPORNÓGRAFA

No es que yo me abrace al dolor, sino que éstos, los muchos dolores que han enraizado en mi cuerpo, se abrazan a mí. Un dolorerío cotidiano, que algunas veces, también es constante. Cada mañana, nomás despertar, ingiero mil gramos de ácido acetilsalicílico para exorcizar cualquier malestar que se haya anidado en mis articulaciones durante la noche. La tomo en versión efervescente, desde luego, para no lastimar el estómago y evitar recurrir entonces a veinte miligramos de omeprazol (mi amado Inhibitrón).




Tras la ducha, unto bajo los ojos una ligera capa de Active anti-age eye care with pure olive leaf concentrate y en el resto de la cara una película de Total age control cream; anti-wrinkle hidratation con la finalidad de mejorar la fachada, mantener a raya los signos visibles del desgaste y aspirar a permanecer en el mercado del deseo, si acaso vale.




Refuerzo mi caparazón con unas gotas de “Óleo Forte”, una esencia cítrica que aleja de mí las “malas” vibras. Otras más de Nasalub para hidratar la nariz. Y si no he dormido bien, un par de gotas de “Manzanilla Sophia” para humedecer la mirada. Masajeo mis pies con una crema “calmante y refrescante”. Y si descubro una nueva herida en la piel, la recubro con una película de isotipendilo (Andantol; buenísimo). Ahora mismo he comenzado la inyección de 2ml de tiamina, piridoxina y cianocobalamina, cinco aplicaciones durante diez días, para rendir al máximo, para potencializar mi energía.




La cantidad de menjurjes extra depende de la contingencia que me habite. Hay mañanas en las que necesito tan poco (y entonces me cuestiono si aún estoy vivo) que siento que una parte de mí deambulará desnuda entre las multitudes. Sí, soy un sujeto farmacopornógrafo que sostiene su subjetividad a base de sustancias para que la vida (mi vida) curse con normalidad, que no con naturalidad, si prolongo mis dedos en un teclado, los giros de mi mano en un mouse; mi presencia espectral bajo significantes visuales (ora imagen, ora texto) y auditivos. También revitalizo mi ritmo con un par de vodkas o unos tintos para llegar al final de mi jornada. Vivir no es fácil; sobrevivir, es un reto y la asunción de un costo.




“La sociedad contemporánea –cito a Preciado- está habitada por subjetividades toxicopornográficas: subjetividades que se definen por la sustancia (o sustancias) que domina sus metabolismos, por las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que orientan sus acciones” (:33). Así, rindo tributo al imperio farmacéutico sin apenas quejarme, de suerte que podría definirme una subjetividad omeprazol, como otros son subjetividad Prozac, subjetividad alcohol, subjetividad cortisona, etcétera.




Siguiendo a Preciado, “el verdadero motor del capitalismo actual es el control farmacopornográfico de la subjetividad, cuyos productos son la seratonina, la testosterona, los antiácidos, la cortisona, los antibióticos […] y todo aquel complejo material-virtual que puede ayudar a la producción de estados mentales y psicosomáticos de excitación, relajación y descarga, de omnipotencia y de total control” (:36-37). Visto así: ¿Qué hay de natural en mi cuerpo? ¿Qué queda de volición en mí? ¿Qué posibilidades reales existen de regresar al principio? ¿Cuál es el inicio? ¿Existe la posibilidad de subvertir este orden?




Lo que el amor desnuda en mí es la energía (Barthes) y lo que el capitalismo postfordista revela, al poner al descubierto el cableado que me articula, pero también los ductos por donde circulan y son absorbidas las sustancias que me sostienen con vida, es una “fuerza orgásmica” (potentia gaudendi) de excitación de un cuerpo condenado a cumplir/rendir, a permanecer conectado: “el cuerpo polisexual vivo es el sustrato de la fuerza orgásmica. Este cuerpo no se reduce a un cuerpo pre-discursivo, ni tiene sus límites en la envoltura carnal que la piel bordea […] este cuerpo es una entidad tecnoviva multiconectada que incorpora tecnología” (Preciado, 2008:39).




De suerte que podría escribir en mi estado de feis: excitado. Un estado permanente de deseo y angustia, de anhelo y frustración, de búsqueda y desasosiego, de presencia y desarraigo. La contradicción impura que funda la subjetividad adicta. En la era farmacopornográfica no hay lugar para confesar que se está molido. Porque quienes caducan, sencillamente no está conectados: no existen.






Preciado, B., (2008), Testo yonqui, Madrid, Espasa-Calpe.



jueves, 7 de julio de 2011

QUEER

¿Qué hago con mi nostalgia ‘feisbusera’? Sucede de pronto que la curiosidad, el morbo, la ociosidad o una suerte de alta traición me hace mirar hacia atrás, eludiendo la consigna de no hacerlo so pena de devenir ceniza, sal u olvido. Sin embargo, vuelvo la mirada hacia el pasado y activo un remolino de emociones que el recuerdo agita.


La vida en indicativo tiene el encanto de hacernos constar que se está vivo y que se des/vive. Otra historia es la cronología que registran las emociones, los sentidos, los otros, que una vez fijados en una fotografía y/o una frase, suscitan una serie de motivaciones que elevan o derrumban al ánimo. Por si acaso, he aprendido a mirar a atrás sin añoranzas ni con dolor, antes bien, vuelvo los ojos con una perspectiva de quien sabe que ha pasado por esos caminos y que afortunadamente, no los volverá andar, por mucho que se desee, añore o exprima al recuerdo.


Facebook me ha ofrecido la posibilidad de decidir si quiero empaparme de pasado o permanecer lejano al libro del recuerdo. Y en ese acto volitivo, he elegido a qué orillas quiero volver a través de la memoria y de cuáles quiero mantenerme distante por salud mental, prudencia o necesidad de no embarcarme en batallas tan añejas como vanas. Y no obstante, me gusta experimentar las sensaciones que la visita al ayer me despierta: mirar fantasmas es una actividad que sienta bien cuando la tarde se convierte en lluvia (casi) infinita.


Al recordar, no solamente constato que he vivido, sino que además, contemplo la manera en qué he asumido mi existencia: los escondrijos, los meandros, las laberínticas líneas que he andado, los tropiezos y mis apuestas acertadas. Mi vida no ha sido una línea recta (si acaso las hay así); ha sido la sinuosidad de mi paso por esta vida la que significa mi presente; el lugar desde donde miro, en lontananza, todos los hombres que he sido y dejado de ser; mis metamorfosis, las pérdidas y las adquisiciones con que he plantado cara al devenir cotidiano.


Es a través de este recorrido virtual (y virtuoso, tal vez) que corroboro que no hay lugar para la melancolía (ni de género) en este cuerpo que soy y que se planta como una unicidad que no pierde sentido: no es que sea un coherencia absoluta, es que aprendí a ser congruente en mi incongruencia, sensato en mi locura, feliz en mi rareza, irreversible: incombustible Queer.

martes, 21 de junio de 2011

¿PATERNIDAD OBLIGATORIA?

Los discursos que particularmente nos oprimen a todas nosotras y a todos nosotros,
lesbianas, mujeres y homosexuales, son aquellos que dan por sentado que lo que funda una sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad.
Monique Wittig.










Ver telenovelas es un doble acto suicida: cuando no (te) destruyen el cerebro, te lo instruyen, que viene siendo lo mismo que lo primero. Una lobotomía y como tal irreversible [que si las hay reversibles ¿por qué existe tanto selembo en las calles?].




Esta mañana, mientras aguardaba en una sala de estar (ser, pensar y desesperar, en mi caso) escuché una frase que merece estar colocada, con letras áureas, en el panteón de las divinidades sabias (¿zafias?). Un personaje de cierta telenovela, reprochaba al personaje femenino la falta de atención, amor, dedicación que le debía por el sólo hecho de que él, sí la ama; entre otras menudencias, el tipo exigía un hijo de ‘su sangre’ [de la de él, of course]. Me volví hacia la pantalla sólo para presenciar la joya literaria: “cualquier hombre quiere su propia descendencia”. (Los entendidos ya adivinaron a qué culebrón me refiero; frase oportuna en el día después del Día del Padre).




La revelación me obligó a anclarme en mi inmovilidad, pasar por alto el tiempo de espera y re/plantearme ‘mi lugar en el mundo’. Como si del Ángel de La Anunciación se tratara, la voz del personaje me descolocó y me arrebató la posibilidad de pronunciar un hipotético fiat.



Como yo no quiero mi propia descendencia, y siendo egoístamente congruente, tampoco quiero cargar con la de alguien más, me asumo irremediablemente un no-hombre; desde luego no soy hombre según la ideología televisa. Y recupero la frase de Monique Wittig: la lesbiana no es mujer (¿qué es un hombre sin hijos?), por tanto carece de ese atributo (esencia, don, privilegio, destino) de toda hembra de la especie, porque al no participar del sistema social, económico, político que es la maternidad, (cuando se es lesbiana sin fisuras -es un decir-, que no se desea un hijo, se entiende) el cuerpo de las mujeres queda desprovisto de su condición de MUJER. Cito a la autora: las lesbianas no somos mujeres (como no lo es tampoco ninguna mujer que no esté en relación de dependencia personal con un hombre) (1).




Asimismo, considero ahora, que los varones que hemos disentido reflexivamente de la paternidad, por ese simple hecho entramos en la categoría de hombres fallidos, si se quiere ser amable al respecto. Pero siendo honestos, el hombre sin hijos no es hombre sino marica (en la mente obtusa de bastantes el trinomio maldito: hombre-masculino-heterosexual; es indisoluble), alguien raro, de cuidado, residual: un no-macho de la especie. Porque en el sistema sexo/género que es un sistema de mercado, se estudia para tener trabajo, y se labora para casarse: tener una esposa, hijos, casa, autos, mascotas y mantener en funcionamiento el sistema heteronormativo patriarcal capitalista. Más o menos, la mente hetero (reduccionista; aunque no la única) así visualiza el proyecto de vida de casi todo sujeto.




Por ello, cuando alguien tuerce esa linealidad (que no es tal, ni continua ni irreversible), se corre el riesgo (y de hecho se asumen todos los riesgos) de ser etiquetado como no varón.



Maternidad y paternidad son productos culturales exaltados fuera de un contexto social-sexual, pero también histórico, económico, político específicos. Cuando se les sitúa en una cartografía vasta, se tienen realidades menos amables, que llevaría a muy pocos (y seguro también a no muchas) decir que cualquiera (hombre o mujer) quiere su propia descendencia. Que lo digan, si gustan, pero no en mi nombre.




(1) La mente hétero está dedicado a las lesbianas de los Estados Unidos y es el texto que M.W. leyó en el marco del Congreso Internacional sobre el Lenguaje Moderno, que tuvo lugar en 1978 en Nueva York [en línea] http://www.zapatosrojos.com.ar/pdg/Ensayo/Ensayo%20-%20Monique%20Wittig.htm (21.06.2011)

martes, 7 de junio de 2011

DEVENIR "BUGA"

Pedir reconocimiento u ofrecerlo no significa pedir que se reconozca lo que uno ya es.
Significa invocar un devenir, instigar una transformación,
exigir un futuro siempre en relación con el Otro.
J. Butler











Si las mujeres y los hombres bugas no hablan de su heterosexualidad, como sí lo hacen (suele plantearse la necesidad de hacerlo) los varones y las mujeres no-heterosexuales, es porque la heterosexualidad no existe: se es hombre y mujer, normales. Lo otro es raro, enfermo, anómalo, antinatural. Se dice, se cree, se exige desde un adentro (supuestamente) dado.




Nombrarse gay, lesbiana, bisexual, transgénero, transexual, travesti, intersexual, Queer o alguna otra de las múltiples posibilidades sexo afectivas y de género que posibilita la materialidad del cuerpo, requiere un proceso de subjetivación que parte de un descubrimiento. De una revelación que viene de afuera bajo la forma de insulto (pocas veces llega como una pregunta sutil) que una vez instalado, se cuela hasta la interioridad del sujeto descubierto.




Lo que sigue (la mayoría de las veces) es un proceso de asimilación y de rechazo (con matices) del que (¿únicamente?) puede dar cuenta quien vive la revelación. En adelante, la lapidación dejará su impronta, un estigma que el sujeto asume como castigo, como una marca que avergüenza y/o un sino desafortunado, hasta que tras un periodo de duelo (puede llamársele como guste) emerge convertido en otro yo. Un sujeto que se renombra, se reapropia de aquello que lo hiere, resignifica la injuria, subvierte la ofensa, se desheterosexualiza.




La presencia de personas no-heterosexuales no sienta las bases para probar la existencia de una normalidad colocada frente a una anormalidad. Antes bien, revela lo antinatural de la heterosexualidad que se afirma como un deseo que nace de una esencia interior contenida en los cuerpos. Y no es verdad. El deseo, como el género y el sexo, son construcciones culturales construidas al amparo de un sistema sexo/género que se traduce en un aparataje de opresión, exclusión, marginación y discriminación constante por parte de una heteronormatividad que, apoyada por la supuesta mayoría cuantitativa, las instituciones y la reproducción, se ha arrogado la propiedad de ejercer el poder, y desde esa posición privilegiada, nombrar y señalar qué es lo correcto, lo deseable, lo normal, lo lógico, lo natural, lo obvio.




Por ello la heterosexualidad no se nombra a sí misma (salvo cuando debe marcar una línea entre ésta y lo otro, ese otro no-deseable) porque da por hecho que ésta es inherente a la condición de los cuerpos sexuados. Obvia (pocas se detiene a reflexionar sobre sí misma) que la asignación de género (masculino/femenino) es una impronta que el sistema heteronormativo patriarcal (y sus filiales) impone a los cuerpos diferenciados sexualmente y con ello funda (da el visto bueno, valida) también el deseo (heterosexual, se entiende). Nacer niño o niña deviene (en las proyecciones de los progenitores y de la familia y la comunidad social) en hombre y mujer (heterosexuales, que es que ni se plantea otra cosa) que llegado el momento procrearán a uno o una más de la especie. La reproducción mantiene y sostiene la lógica del devenir heterosexual.




Inmerso en la investigación feminista, en estudios de género, de subalternidad o poscoloniales, enganchado en lecturas y discusiones sobre teoría Queer, pero también viviendo en la cotidianeidad la exclusión por ser diferente, atrapados aun en el insulto, contenidos en el discurso simulado o en la actuación disimulada, performando el cuerpo, su accionar y sus deseos para cumplir el rol (de sexo y de género asignado), cualquiera puede caer en la cuenta de que la heterosexualidad no es natural frente a prácticas llamadas antinaturales, por la (¿sencilla?) razón de que cuanto existe es una mediación del lenguaje y por lo tanto, la misma distinción (humana) que se hace entre natural y cultural es ya un constructo social, cultural, económico y político situado. ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué significa ser heterosexual? ¿Qué es lo no heterosexual? ¿Hay un devenir buga?




Lo que existen son los cuerpos (sexuados, generizados y una psique) y sobre ellos obra una serie de disposiciones sexo genéricas que de acuerdo a su cumplimiento, los coloca (o son puestos) dentro o fuera de infinidad de espacios. El sujeto no heterosexual, pronto (es un decir) aprende (y asume) que si la heterosexualidad no es el lugar de su deseo tampoco el insulto es la sede de su existencia. La gran mayoría se reconstruye, aunque bastantes fracasan en el intento. ¿Quién da cuenta de ese dolor? ¿Quién se duele por esas vidas fracasadas?




Organizados o no, revolucionarios o anárquicos, reivindicativos o anormales con aspiraciones, de closet o sin él, obvios o discretos, masculinizados o feminizados, butch o femme, activos o pasivos o ambos, subversivos o indiferentes (el espectro da para variadas posibilidades y matices), los cuerpos que han interiorizado que su materialidad es el primer límite a ser traspasado, combaten en aras de vivir (y cruzar) todas las fronteras que poseen, no solamente las del sexo, el género y el deseo, sino también las del color de la piel, la clase social, la nacionalidad, la edad, por consignar algunas.




Queda a los hombres y a las mujeres, que han conseguido llamarse a sí mism@s heterosexuales, hacerse un lugar en la lucha social y sexual (si se quiere, desde luego) cotidiana y pelear en bloque (sin por ello dejar de diferenciarse) para construir otro entramado social donde lo que se juegue sea el cuidado, el acompañamiento, el aseguramiento de que toda vida precaria es digna de prosperar y ser reconocida, yendo más allá de los límites (de orden sexo afectivo diverso, pero hay más) que no hacen sino constreñir (toda definición es incompleta) y favorecer el ejercicio de la violencia ante la idea naturalizada de que existe un feudo qué defender frente a otros que hay que destruir, torpedeando (más de las veces) la posibilidad del encuentro.




No hay un devenir buga. La heterosexualidad no existe. Se construye (y deconstruye) en relación con, como todo lo demás.

viernes, 3 de junio de 2011

YO ¿INDÍGENA?

A quienes tienen por hábito subvertir la realidad: a todos y todas por su recibimiento.






¿Qué significa ser indígena? ¿Cómo se construye lo (un/una) indígena? ¿A qué remite tal palabra? ¿Cuáles son las consecuencias que obra sobre el cuerpo de los sujetos a quienes se les coloca tal expresión? ¿Puede el concepto indígena convertirse en una categoría política? ¿En nombre de quién o para qué habla el y la indígena? ¿El (la) indígena puede hablar?



En un país racista, clasista, sexista, machista, misógino, homofóbico y cristiano de nombre, culero en la práctica (la mayoría de las veces), ser indígena (llamado o ser considerado tal), dota al cuerpo de una pátina que lo torna invisible, evitable, lejano, innombrable.



Pero la experiencia de exclusión no solamente la padece el sujeto indígena, también la viven los cuerpos cuya pigmentación se aleja de la tez blanca y cuyos rasgos distan de parecerse a las del rostro celebrado por la prensa y la televisión. El rechazo también se vive cuando las prácticas sexo afectivas no son la heterosexual. O si no se participa de modos (que son condiciones) de vida a las que aspira todo el mundo.



Si el cuerpo se aleja del modelo conductual (estético, ideológico, lobotomizado) que sigue la mayoría, se considera entonces un cuerpo fallido, disminuido, negado. De suerte, que ser indígena en México, como asumirse no heterosexual, negro, mestizo, pobre, mujer, no joven, significa frecuentemente ser un Otro indeseable.



Hasta aquí la queja. En la práctica, los sujetos hemos aprendido a ocultar, hasta donde es posible, los rasgos valorativos que una mirada hegemónica podría visibilizar, y en nombre de esos fallos, dejarnos fuera del juego. Al ejercicio de este poder que domina y constriñe a los cuerpos (algunos), los sujetos responden resistiendo.



Y las posibilidades de respuesta para este ejercicio de poder son muchas. Simulando o disimulando lo que se es, asumiendo distintas maneras de vivir el cuerpo, dotándolo de tecnologías para ejecutar estratégicamente formas de ser, hacer, parecer, sentir y pensar para atravesar la frontera porosa del poder y desestabilizarlo. El intento se realiza constantemente. Y a veces, incluso, se logra pandear su equilibrio precario.



Las tendencias reduccionistas aspiran a facilitar la fagocitación y desecho de los cuerpos que no participan (porque no pueden o no quieren) del modelo en turno. Así, lo indígena desde el ámbito de lo económico es un pobre más; un sujeto que incomoda cuando se le mira desde lo político; una exclusión flagrante, cotidiana, silenciosa, desde un enfoque social; un Otro incomprensible desde la ideología.



El indígena, junto con esos Otros no-deseables, son sujetos en resistencia y en continua tensión no solamente con otros cuerpos (y sistemas) sino con el propio también, para hacer dialogar y escuchar y exigir ser escuchados, con miras a construir realidades que den cabida a la diferencia. Que hay sujetos que permanecen indiferentes (¿resignados?), es cierto. Pero acá hablamos de quienes están en la acción.



El poder hegemónico cuando concede, exige que sea el otro quien se asimile y se integre a la ideología dominante; lo cual suele traducirse en una sujeción consciente, en la que se acepta jugar con desventaja sin apenas protestar. Este poder no se cuestiona a sí mismo ni suele buscar la manera de hacer partícipes de la toma de decisiones, asunción de responsabilidades y compartir los beneficios, a más sujetos. La idea de concesión termina siendo, muchas veces, una suerte de chantaje, una trampa que coloca a los sujetos de frente al vacío y de espalda a la pared.



Ser indígena (y/o algunos Otros no-deseables) en un país como México, que es muchos Méxicos, implica vivir en una lucha por recuperar los territorios de los cuales se ha sido desplazado. Y no me refiero solamente a los geográficos, sino también a los de la toma de decisiones y rendición de cuentas. Descolonizarse de formas de mirarse a sí mismo cuya visión termina por construir (o destruir) un otro fallido.



El reto de negociar un día sí y otro también, la permanencia en el ring social que suele aducir la poca disponibilidad de espacio para dejar a bastantes afuera. Significa, además, emprender el reto de pensar (imaginarse) de otras maneras para acondicionar otros mundos posibles, donde la precaridad de la vida, sea una cualidad y no un defecto, re-conociendo que toda vida, por definición, es digna de ser vivida (con dignidad, se entiende) y en consecuencia, cuidada, valorada, reconocida en su diversidad. En esa tarea estamos bastantes.

domingo, 22 de mayo de 2011

PALABRAS

La palabra que nombra también limita. Encierra. Pero al mismo tiempo permite la posibilidad de hacerla estallar y transformarla. ¿Qué refiero cuando digo Queer? ¿Qué cabe en las expresiones gay y lesbiana? ¿Qué queda afuera del término bisexual? ¿Qué significados abarcan y excluyen las palabras travesti, transgénero, transexual, intersexual? ¿Qué nombro cuando digo heterosexual? ¿Qué queda en el silencio cuando emito mi voz?


El encuentro con el otro implica un riesgo. Me arriesgo cuando me abro a la posibilidad de comunicarme con los demás, porque expongo la porosidad de mis fronteras. Pero el otro también se arriesga cuando permite que lo penetre. La comunión con el otro evidencia la vulnerabilidad del sujeto a través de la aceptación de las paredes diatérmicas que nos conforman. No hay encuentro en el vacío ni sin incertidumbre ni zozobra. El riesgo nombra la vulnerabilidad y la precaridad que me constituyen.


Este riesgo se vectoriza a través de la palabra escrita y emitida. Digo Yo y fundo también al Tú, que juntos conforman al Nosotros. De ahí, el salto a las otras personas gramaticales son la suma de riesgos asumidos en una diálogo incesante de palabras y silencios. De pausas y continuidades que de/construyen constantemente.


Hablar en nombre propio, entonces, no siempre significa egoísmo. Hay en la enunciación del Yo una negociación con (la existencia de) los Otros. Pero reconocer esa doble implicación (yo más los otros) implica asumir los riesgos que dicha comunión trae emparejada. La cohabitación no resulta sencilla ni es justa si se erige un Yo dominante, tirano, totalizador. Si en cambio se permite la existencia y acción de una sinfonía de voces, la convivencia puede ser armónica. O menos desigual. Utopía pura.


Me asumo Queer en un intento de nombrar/me asumiendo la inclusión de todas las diferencias. Las propias y las de los otros. No reivindico la tolerancia ni la igualdad, que una es corta y la segunda inaccesible. Creo en el derecho y en el respeto a la diferencia (a la diversidad) y en la demanda de condiciones que posibiliten el ejercicio de la equidad en el mayor número de ámbitos en los cuales se desenvuelven los sujetos.


Asumo en mi carne el riesgo de ser traspasado. Herido. De otras heridas dan cuentan las cicatrices que habitan mi cuerpo. He aprendido a vivir en la frontera (riesgo máximo) que es como no habitar ninguna parte y estar en todas. Paradoja pura. Resisto porque espero. Y me afano en la construcción real de esa esperanza que no es cristiana ni chantajista sino racional y emocional. Humana.

viernes, 11 de marzo de 2011

MANIFIESTO/ME TODO

Hablo por mi diferencia (1).

Mis muchas diferencias.


¿Por qué no pensar lo imposible?

¡Otro mundo es posible! (2)


Nombrar la especificidad de la opresión (3)

que nos subyuga...


Descolonizar la imaginación (4)

para pensar/nos de otra manera.


Deshacerme de la imagen y semejanza de Dios

y construirme humano con el otro.


Notas:

1. Pedro Lemebel
2. Foro Social Mundial
3. Cherrie Moraga
4. Chela Sandoval

viernes, 4 de marzo de 2011

MI CUERPO ME IMPORTA

Éste cuerpo es mi emisario en el mundo.
Cuerpos poéticos
- Sergio Oms
Mi cuerpo es mío. Este enunciado suelo repetirlo como un mantra cada vez que me siento atribulado, muy feliz o cuando alguien me pregunta "qué es Queer". Mi cuerpo es mío, digo, y hago con él lo que quiero; lo que significa: lo que puedo, lo que me dejan hacer, lo que me permito llevar a cabo con él, lo que me concedo y atrevo a realizar.
Y como me quiero, me procuro una vida estable -lo que es posible en un mundo precario-, una alimentación equilibrada, lejos de algunos excesos, una armonía corporal que en efecto dé cuenta de mi autocuidado y querencia. Tengo una edad que me exige ciertas precauciones si pretendo vivir y no sólo sobrellevar la existencia. Vivir y no subsistir.
Hoy me practicaron análisis de EGO, glucosa, triglicéridos y colesterol. Los resultados en los dos primeros son altamente favorables, pese a la herencia 'maldita'; el azúcar se mantiene a raya y la lectura de mi orina no arroja ninguna alarma. Todo en orden. Pero en lo que respecta a triglicéridos y colesterol las alarmas se activaron. Me encuentro en esos niveles límites que anuncian que de ser rebasados empezaría ese camino tortuoso de dietas extenuantes y tratamientos largos y costosos. Insufribles, además. De modo, que no tengo más remedio que articular un plan B que contribuya a devolver a los niveles deseados esos datos leídos.
No está mal para la edad que tengo, los antecedentes clínico-familiares que me condenan, para el estrés con el que suelo existir, para mi desequilibrado sueño. No obstante, no es ese el estilo de vida que quiero tener. Y tras metabolizar mis resultados pensé en esas personas que comen toda suerte de alimentos fritos, en lugares públicos, a deshoras; en quienes se limitan la ingesta de agua y en cambio abusan de las bebidas gaseosas y endulzadas. Evoqué a esos trogloditas de comidas saladas y condimentadas, sin apenas fibra, frutas y verduras.
¿Cómo estarán esos cuerpos? ¿Cómo vivirán esos sujetos (en) su cuerpo? Si yo que me afano en darle una calidad de vida a la materialidad que me permite estar en el mundo, tengo 'alarmas' encendidas, qué es de quienes por múltiples razones, no se obsequian otro tipo de vida (alimentación, ocio, salud) más amable. Las posibles respuestas me resultan aterradoras cuando no absurdas: pensar que los cuerpos se adaptan a todo, me asusta. Suponer que a muchos y muchas les da lo mismo ('de algo me he de morir', rebuznan) no es un escenario deseable.
Ser Queer implica también cuidar y querer el instrumento con que se resiste y combate la heteronormatividad cada día. Darle al cuerpo el tiempo para su descanso, la calidad de vida para su mejor desempeño, forman parte de la subjetividad Queer. Que hay cuerpos que se inmolan, se destruyen como forma de resistencia, vale, existen. Sin embargo, para mí, este cuerpo que soy, mi "emisario en el mundo" como dice Oms, es también mi frontera entre una vida plena (amorosa, deseada y deseante, satisfecha) y una vida a/penas.