MASCULINIDADES EN RESISTENCIA
lunes, 26 de febrero de 2018
viernes, 5 de febrero de 2016
Folla a tu prójimo como a ti mismo
viernes, 2 de noviembre de 2012
¿AUMENTA LA POBLACIÓN ‘HETEROCURIOSA’?
En fin, mientras se practiquen en un ambiente de respeto y responsabilidad y su visibilidad fomenten la aceptación y normalización de múltiples prácticas eróticas, bienvenida sea la curiosidad corporal (ya aunque sea en lo 'oscurito').
miércoles, 4 de julio de 2012
FIN DE CURSO ESCOLAR Y LA ACTUACIÓN DE LOS ROLES DE GÉNERO
viernes, 29 de junio de 2012
JUNIO
miércoles, 27 de junio de 2012
RABIA Y RESISTENCIA
lunes, 16 de abril de 2012
ME SOBRA DOLOR... PERO ME FALTAN PALABRAS PARA DESCRIBIRLO
Pero no encuentro lugar dónde recauchutarlo para que funcione (otra vez) como nuevo. Las dosis de vitaminas no son suficientes. Las sustancias tóxicas que discurren por mi cuerpo han perdido su poder energizante y me causan más disgustos que satisfacciones. Necesito una extensión de mí mismo: cyborg, electromagnética, somática, dildónica, esterosexual, o en su defecto, el desenchufe (definitivo).
Condenado a ser materia me resisto a ocupar un único lugar en el espacio al mismo (único) tiempo. Creo que lo mío va de desear una corporalidad sin perímetros, o al menos, unos más amplios que los que ahora me limitan. Ansío el cruce de mis fronteras para transvasarme a otros cuerpos y que a la vez, otros cuerpos me rieguen con su materialidad. No quiero ser 3D; no me basta. Quiero ser 4D, 5D o lo que sea posible. Se me oxidan los miembros anclados a unas dimensiones que limitan-asfixian-encadenan. Me pesa, por decir lo menos, hasta la mente.
Mis pensamientos se han tornado más densos a medida que se vuelven, también, menos oscuros. Siento que he abandonado la batalla y me he contentado con este tedio pseudoburgués que me obsequia la ilusión de un equilibrio precario, el arribo a un puerto dibujado en la pared y sin barquito.
Me declaro impotente. No tengo más fuerzas. El algoritmo de ser social que dicta mis acciones ha sido superado por las expectativas que el deseo no ha alcanzado a cubrir. Me desQueerizo y con ello evidencia mi esqueleto maltrecho: no es la mente enloquecida la que me hace raro, sino el cuerpo modelado lo que me torna esquizoide: no es el fragmento sino la pretendida unidad…
He aquí mi Queerpo: aprehendido y des/aprendido de sí mismo. Cuerpo alfabetizado para luego no ser leído; si acaso desdibujado. Cuerpo designificado y sin embargo, todo mío.
Me sobra dolor… pero me faltan palabras para describirlo.
lunes, 9 de abril de 2012
TESTO YONQUI
B.P.
Mira por dónde, he concluido la lectura de Testo yonqui el día que la liturgia laica ha denominado “viernes santo”. Santísimo. De acuerdo. Porque tratar de estos aspectos del cuerpo y de la carne tiene que ver necesariamente con la idea judeocristiana de santidad. La eterna obsesión de la iglesia impura, bastarda, pederasta, malsana. Por ello celebro que en este día ‘santo’ haya terminado de leer el texto de Beatriz Preciado.
Testo yonqui es una pachequez narrativa, y como tal, encuentro en ese entramado, claroscuros que me acercan o distancian de mis propios viajes narrativos. Pura lógica textual llevada al extremo para provocar reacciones temerarias: estar de acuerdo con sus actuales (tiempo del relato) posturas ideológicas o pasar de ellas como de la mierda. La autoetnometodología planteada por Beatriz Preciado aspira a politizar todas las acciones de los cuerpos; desestabilizar para proponer otro ¿orden?; subvertir como una suerte de declaración de guerra de independencia contra un sistema opresor global: el capitalismo farmacopornográfico.
Acierta tantas veces como parece derrapar otras más, en el intento por empujarnos a salir de una suerte de estado de inercia-sedación-somnolencia y combatir contra el tecnobiopoder armados con dildos y testosterona. Con todo, en muchos momentos, el texto me pareció una oda a la masculinidad como sustancia química a la que se accede (o no) libremente, y a esa lucha/aspiración/obsesión/meta él/ella lo denomina política. Lo cual me lleva a preguntarme si Preciado quiere el pan o la panadería. O ambas. Me explico.
A la larga serie de mártires que este país ha dado, a la par de la guerra civil que nos envuelve [ya sé que no es tal, pero como soy ignorante no sé llamarla de otra manera] y que produce desaparecidos, levantados, cuerpos mutilados y daños colaterales, yo los denomino “reclamadores de pan disimulados en pedidores de la panadería”, son esos "alguien" que (por azar o mala suerte) sufre una pérdida y se torna inmediatamente en un repentino activista de la defensa de los derechos humanos, cuyas demandas se multiplican viralmente por todos los soportes mediáticos posibles y se erige en el mártir del momento; martirio que dura sólo hasta que recupera lo perdido y entonces regresa a la comodidad de su vida mediocre, sin volver a pronunciarse ni entrometerse más en una lucha que decía, era política.
Pienso si a B. P. no le pasa lo mismo en algunos momentos: si cuando pide que la testosterona sea una droga-hormona de libre acceso para las mujeres (bio y tecnos) en realidad no está reclamando solamente su dosis de manera legal, regular, garantizada, casi subvencionada, es decir, pide la panadería cuando sólo quiere el pan. En todo caso, abundan los temas y abordajes polémicos que consiguen sacudir, a ratos, al lector. No deja indiferente a quien lee. Precisamente hacia el final del texto, propone otras maneras de abordar la cuestión del sexo, el género y la sexualidad, cito en extenso:
El género (feminidad/masculinidad) no es ni un concepto, ni una ideología, ni una performance: se trata de una ecología política. La certeza de ser hombre o mujer es una ficción somaticopolítica producida por un conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo, por un conjunto de técnicas farmacológicas y audiovisuales que fijan y delimitan nuestras potencialidades somáticas funcionando como filtros que producen distorsiones permanentes de la realidad que nos rodea. El género funciona como un programa operativo a través del cual se producen percepciones sensoriales que toman la forma de afectos, deseos, acciones, creencias, identidades. Uno de los resultados característicos de esta tecnología de género es la producción de un saber interior sobre sí mismo, de un sentido del yo sexual que aparece como una realidad emocional evidente a la conciencia: “soy hombre”, “soy mujer”, “soy heterosexual”, “soy homosexual” son algunas de las formulaciones que condensan saberes específicos sobre uno mismo, actuando como núcleos biopolíticos y simbólicos duros en torno a los cuales es posible aglutinar todo un conjunto de prácticas y discursos (2008: 89).
Así, al término de la lectura de Testo yonqui, da (dis)gusto ver la pradera llena de machitos y hembritas sociales pavonear su masculinidad y su feminidad ortopédica, asumida de tal modo, que (hasta) parece natural; convencidos y convencidas de que nada ni nadie puede arrebatarles ese estado de gracia y pulcritud (ficcional, of course), que al menos a mí, no me interesa. Qué se lo hace.
Viernes santo 6 de abril de 2012
Preciado, B., (2008), Testo yonqui, Madrid, Espasa-Calpe.
jueves, 22 de marzo de 2012
LA HISTORIA DE N: ¿CUESTIÓN DE GÉNERO O CENUTRIEZ?
… por supuesto todos los bio-hombres no poseen un programa de genderización de macho de élite. Muchos han sido biopolíticamente programados como putitas de barrio; el problema es que en la actual ecología sexual deben funcionar como machos, con las frustraciones que ello conlleva.
Para efectos de este texto, paso de enumerar las posibles razones que arrojan a estos jóvenes (varones, sobre todo) a esa suerte de malabarismos que los hace bordear el vacío; paso de referir con estadísticas y ejemplos cuáles son sus vicios, si consumen alcohol y otras drogas; de si son hijos queridos o producto del error, del azar, del deber. Paso de buscar culpables y de lanzar acusaciones; en este relato me centro en las vivencias que N fue refiriendo durante cinco meses y que leídas “de regreso” permiten proponer una lectura de su actuar, y si es posible, sirva también de lectura preventiva para otros N.
Biografía de N: la cultura del esfuerzo
N es el hijo mayor de una familia de cuatro integrantes: padre, madre y un hermano siete años menor. Es el primero entre los suyos que consigue llegar hasta la universidad, es también, entre sus parientes, el único que eligió seguir estudiando y no decantarse por el empleo informal, los vicios (alcoholismo sobre todo) y el emparejamiento y la reproducción antes de los veinte años. Fue un estudiante ejemplar hasta la preparatoria, cuando se hartó de ser “ñoño” (tema que desarrollaré más adelante) y empezó a faltar a clases, a no estudiar para sus exámenes, a jugársela con sus estudios (estuvo a punto de no egresar del bachillerato por una materia que reprobó, pero consiguió ‘salvar’ el obstáculo tras un soborno).
N forma parte de lo que se denomina “cultura del esfuerzo”: su padre, tiene un empleo fijo que le permite mantener a su familia, no sin sobresaltos; la madre contribuye a la economía familiar con la realización de varias tareas y N trabaja de vez en vez para allegarse un dinero que emplea netamente en sí mismo. El hermano menor se dedica únicamente a estudiar. Forman una familia de clase media (lo que queda de ésta) en la que la tarjeta de crédito ayuda a llegar a fin de mes sin sentir que se asfixian: tienen ciertas comodidades fruto de las aspiraciones que alimenta y aviva un contexto que impulsa el espíritu consumista: justo ahora estrenan una casa que se suma al patrimonio familiar.
Ha sido en el hogar donde N aprendió que las cosas se obtienen con esfuerzo. Admira profundamente a su padre por todo lo que ha hecho para darles una estabilidad; quiere a su madre quien ha asumido su papel de compañera, ama de casa y mamá “gallina” (pelea a muerte contra quien ‘toca’ a sus polluelos). N quiere para sí, cuando recuerda que debe quererla, una familia de este modelo: esposa, un hijo y una hija. Él se mira como proveedor y aspira a tener en su esposa una dócil ama de casa y cariñosa madre de sus críos. N sueña con un hogar de fotografía de álbum viejo. O no tanto.
N no pide permiso para salir de casa ni da cuenta de sus actos, sean de la naturaleza que sean: su padre confía a ciegas en él (aunque no le presta el coche cuando sale de juerga), la madre no interfiere en esa relación, y cuando éste se mete en algún problema (se le hace tarde fuera de casa o se embriaga, por ejemplo) el padre entra en escena y lo salva. A cambio, N sirve de chofer, de cómplice, de siervo de su padre; claro que N no mira esta relación así: asimétrica, vampírica, avasallante. Para él las cosas son como deben ser y así están bien. Por eso N no aspira a una realización personal ni profesional sino económica: tener un trabajo, juntar dinero, gastarlo en viajes y diversiones (alcohol y mujeres) y al final, un hogar (coche y casa incluidos) y dedicarse a trabajar hasta ser viejo y haber cumplido (¿con quién? ¿con los suyos o con él?). N no sueña, proyecta expectativas alimentadas por otros.
N y las mujeres: “por tu maldito amor”
N llegó al alcohol antes de que supiera que quería tomar. Desde los trece años, cuando aprendió a manejar el auto de la familia, empezó también a ser el asistente de su padre, quien los fines de semana solía cerrar la jornada laboral en cantinas o en reuniones donde el alcohol era abundante y la fiesta se prolongaba, muchas veces, hasta las primeras horas de la madrugada. Poco a poco su padre lo fue introduciendo en la bebida, dosificado, hasta ser ahora un consumado borracho que no causa problemas. N asegura no ser adicto pero sí presume aguantar mucho. Chupa como esponja, “hasta un límite donde yo sé que ya no me entra más”. Entonces vomita y duerme. O vomita y sigue la borrachera. A veces el guion sufre modificaciones: chupa, coge y se duerme.
La palabra prevención no es precisamente la favorita de N (ya una vez se salió de la carretera por conducir con sueño), quien cree que es un hombre con muy buena suerte (algo que parece ser es cierto) y que siempre ocurrirá algo de última hora que lo librará (y sí, parece que es así), pero la buena fortuna tiene caducidad. Ahora espera que el indicio de haber embarazado a la chica con quien retozaba de vez en vez no se confirme o tendrá que asumir su responsabilidad (lo que él entiende como tal) con ella y la criatura.
N conoció el sexo mucho después que el alcohol; a los 17 años de la mano o mejor dicho, entre las piernas de una chica de su edad. Fue un encuentro no planeado (en el asiento trasero de un auto), con protección (al parecer) y rápido. A él le pareció que no tuvo nada de especial. En adelante, la vivencia sexual dejó de ser un interés y prefirió la compañía de sus amigos alrededor del alcohol tras la partida de un juego de futbol. Deporte que N practica desde los cinco años (estuvo en las reservas de un club deportivo de fama nacional hasta que las limitaciones económicas y una lesión le apartaron de ello).
Las circunstancias de la vida fueron desintegrando el grupo de amigos y N volvió otra vez la vista hacia las mujeres. Todas, incluida aquella a la que no debía mirar “de más”. La novia del mejor amigo, la chica “encargada” mientras aquél dejaba la ciudad por motivos laborales, la mujer que con quien terminó acostándose y de la cual recibió el fatídico mensaje: “él coge mejor que tú”. Sino que aceptó sin contraríala, y que desde entonces lo obliga a pretender superarse en cada encuentro sexual. Pero haga lo que haga, no consigue vencer al oráculo maldito.
El amigo volvió, supo de la traición, perdonó y se fue lejos. N, en cambio, no superó el peso de la culpa y terminó por hundirlo la actitud conciliadora de su amigo. La nobleza de aquél es una herida que de vez en vez (entre cervezas) se abre. Tiempo después, N dejó aquella ciudad para ingresar a la universidad, pero viajó con los recuerdos, la afrenta, las culpas y un propósito nebuloso que un par de años después se atrevería a decir/se en voz alta: no tengo otro propósito (sexual) que esforzarme por ser merecedor del título de “buen amante”.
Tiempo después N confesaría que si mantenía relaciones sexuales sobrio “se aburría” (varias veces dejó a las chicas desnudas en el lecho y él se fue) y que borracho no pensaba en nada; léase aquél lejano oráculo “él coge mejor que tú”.
N y el amor: “yo no quiero casarme, pero sí quiero tener un hijo varón”
N no recuerda haber tenido una novia que haya querido mucho. Sino muchas a las que no quiso o poco. En cada mujer que conoció, buscó vencer en la intimidad a aquélla que lo había descalificado como amante y ser “ese hombre” que el fantasma de su amigo le impedía ser. Un día N podía decir que estaba enamorado de una, declarársele y si recibía un no, al día siguiente había superado el rechazo (si era con cerveza, más rápido aún) y ya estaba enamorado de otra [esto suele pasar con mucha frecuencia en varones con una inestabilidad emocional profunda; mera observación], sin más gestión que la voluntad.
N no quiere casarse. No antes de los treinta. N no quiere un hijo, de ser posible. O un varón sin madre de por medio. N quiere vivir para sí, para la fiesta, para los amigos y no obstante, se prepara para renunciar a esos planes porque en cuanto llegue la hora que sabe que arribará, dará feliz cumplimiento al deseo de su padre (y el del resto de la familia). Si es que la confirmación del embarazo no adelanta la materialización el deseo y frustra los proyectos. A N no le duele ver en riesgo sus perspectivas, sino quedar atado a una mujer que no quiere: la misma que sabe, jamás le dirá que al fin ya superó en sus artes amatorias al fantasma. Sí, N encima de todo, es persistente.
En esa búsqueda N se atrevió a indagar en su cuerpo para re/conocer otras sensaciones, salir de su falocentrismo y coitocentrismo, para darse la oportunidad de vivir otros deseos. Meras intenciones que no llegó a concluir porque tuvo miedo de sus propias reacciones. N sabe que tiene “pegue” con los chotos y presume de ello. Su padre incluso le reconoce “la buena suerte que tiene con los putos”. Pero N los respeta si lo respetan, sino “les parto su madre”. Sin embargo, no ha tenido escrúpulos para dejarse acariciar, consentir, tocar por un puto (¿o más de uno?) que a cambio pagó a N y a sus amigos una larga borrachera, “y sin haber soltado prenda yo”, aclaró.
Pero N aunque es un heterosexual reconocido, no posee la facha de un hombre “de verdad”; lo sabe y lo asume sin “ruidos”: no es rudo ni varonil, ni barbado ni musculoso, ni blanco ni rico, ni poseedor de un look cool. Más bien tiene pinta de hetero confundido, de no saber qué quiere, de niñato desbrujulado que pide ayuda a su papá cuando está perdido, de postadolescente insufrible, de jugador amateur que no llegará más lejos. Sin embargo, a ciertas chicas les atrae su estampa de despreocupado de tiempo completo y van en pos de él. Para salir bien librado de situaciones difíciles le ha ayudado bastante este camuflaje (y las chelas, sin duda) y su carácter desprejuiciado que oculta su irresponsabilidad e inmadurez.
N y la escuela: “no quiero ser ñoño”
Como no eligió la carrera que quería estudiar sino la que conviene cursar para acceder a la herencia prometida, N está inscrito en una licenciatura que le causa más disgustos que satisfacciones. Con todo, empezó muy comprometido; luego se desinteresó por la facultad, al grado de exponer su permanencia en la universidad “porque estaba enamorado”, y prefería ir en busca de la amada antes que asistir a las clases. Después enmendó su actitud y consiguió sobreponerse y encarrilarse en los estudios.
Fue precisamente en el cruce de un semestre que promovió exitosamente al siguiente, en que cometió (por enésima vez, recuérdese que es persistente) la irresponsabilidad de mantener relaciones sexuales sin protegerse y llegar hasta donde está: a la espera de la confirmación de un embarazo o el anuncio de “falsa alarma” que lo ha mantenido en vela durante varios días (“le voy a dar un putazo si resulta que me engañó”; como si el crío hubiera sido concebido sin su ayuda).
N fue un estudiante dedicado, nerd. Un caso extraño en las familias de su padre y de su madre, donde la escuela no fue una opción y se abandonó prematuramente. N en cambio, sin renunciar a su gran pasión, el futbol, se fue convirtiendo en un alumno responsable que conseguía altas notas y reconocimientos escolares. Pero desistió. El argumento es que “en mi casa daba igual que saliera bien o saliera mal, no me decían nada, así que dejé de ser ñoño” y empezó a no ir a la escuela, no asistir a clases, dejar de hacer tareas, y como no pasaba nada y de todas formas salía bien, “no ya con dieces y nueves, pero bien”, siguió por ese camino.
Según N, la falta de reconocimiento familiar lo apartó de la disciplina escolar, pero ¿faltaron también estímulos escolares? ¿No hubo docentes que reconocieran sus logros? ¿N no fue capaz de valorar positivamente su desempeño académico? En todo caso, es así como N elude la responsabilidad que tiene en su proceso formativo y deja en cambio, en las manos de otros, sus resultados. Aun ahora que está en la universidad el desinterés e indiferencia de los padres es tal que ignoran cuánto le falta para concluir la licenciatura. A lo mejor el embarazo, de confirmarse, los lleva a plantearle la pregunta ¿en qué semestre ibas? ¿En qué año te quedaste?
N ante la vida: tanto va el cántaro al agua ¿hasta que se ahoga?
La incertidumbre que supuestamente asfixia a N es un secreto entre tres. Hasta ahora. Sabe que si el fallo es positivo tendrá que hablar con sus padres, los de la chica (el padre de ésta no lo acepta), y empezar a llevar a cabo una serie de acciones que lo colocarán en otra situación. El relato que produzca N no es muy diferente de las narraciones que desafortunadamente se escriben a diario: ¿qué es lo que ocurre que no aterriza en la conciencia de las y los jóvenes la cultura de la prevención? ¿Qué vectores son necesarios para concientizar a las y los jóvenes en materia de educación sexual, pero también en torno al amor propio y la responsabilidad consigo y con el otro, por decir lo menos? ¿Qué sobra o qué hace falta para concientizar a las y los jóvenes de su saber ser/estar en el mundo?
En el discurso de N puede leerse (entre otras lecturas, desde luego) además de una profunda irresponsabilidad consigo mismo y para con los demás, una serie de mandatos de género en los que ha “fracasado” y que podrían ser, entre otras, una de las causas por las cuales está ahora en el borde de un abismo al que no pidió acercarse y que no obstante, hizo todo lo posible por llegar hasta ahí:
a) Si N sabe que no cumple con todos los requisitos de lo que se considera un hombre “de verdad” y hasta los asume con cierta ironía ¿por qué no consiguió superar el estigma de no ser un “buen amante”? ¿Por qué decidió volver una y otra vez al mismo sitio en busca de conseguir tal certificación? ¿Por qué se empeñó en que fuera ella la que lo liberara del “hechizo”?
b) ¿Cuáles son los mandatos de género que N cree que debe cumplir, y para ello pasa de su bienestar y salud y se embriaga hasta el extremo sólo para tener relaciones sexuales sin protección con mujeres que desconocen su pasado (fracasado) sexual? ¿Por qué N no logra disfrutar del encuentro sexual en estado de sobriedad? ¿Qué pasa con las mujeres que intiman con N? ¿Por qué aceptan tener sexo bajo las condiciones que les impone y encima, tomarse la píldora “de emergencia” una vez satisfecho el macho? ¿Ellas disfrutan el encuentro con N? ¿Por qué no le exigen el uso del preservativo? ¿A qué arcanos deberes obedecen ellas y él?
c) ¿Vale decir que N se siente culpable por no haber tenido un hijo cuando la mayoría de sus pares (parientes varones) ya han engendrado al menos uno? ¿Buscaba inconscientemente cumplir el anhelo de su abuela? ¿Hay remanentes de la infracción que N cometió contra su amigo y la novia de éste que lo han orillado a autocastigarse exponiéndose a prácticas sexuales de alto riesgo?
d) ¿Cabe la posibilidad de pensar que N no es (total o solamente, si esto vale) heterosexual y que ha disfrazado de múltiples maneras un deseo que podríamos considerar bisexual u homosexual? ¿Qué es lo que N (no) sabe y/o descubrió de/en su cuerpo y le causa temor? ¿N ignora la naturaleza de su deseo? ¿Qué es lo que N se calla a sí mismo sobre su cuerpo, su sexo y su sexualidad?
e) ¿N es fruto de su tiempo de suerte que la irresponsabilidad, la pusilanimidad, la indiferencia (y otros elementos) son constituyentes de su (no) ser y su (no) actuar? ¿Es su padre un peso demasiado denso que ha terminado por desdibujar sus límites y anular sus propias expectativas? ¿N desea en función de los deseos de su padre (y su familia en general)? ¿N siente (en el fondo) que nadie lo quiere (ni familia, ni escuela ni amistades)?
g) ¿N es un cenutrio sin par que no ha sabido aprovechar/valorar las oportunidades, los esfuerzos y los recursos (familiares, económicos, institucionales) que se han puesto a su servicio para que se desarrolle como un ser humano pleno (hasta donde es posible serlo)? ¿N es el ejemplo claro de que no siempre toca a uno ser “el guardián de mi hermano”? ¿El acompañamiento debe devenir parasitismo? ¿Las acciones irresponsables (y sus consecuencias) de N sirven de argumento para no promover el acompañamiento, la solidaridad con los demás, para desistir de valorar la vida de los otros?
Sin duda, cualquier respuesta estará incompleta y formulará más preguntas de las que una situación de esta naturaleza a veces uno se plantea, no sin rabia ni pena, no sin empatía y al mismo tiempo juzgando, no sin evitar cuestionarse ¿qué haría yo en su lugar?
N conoce este texto y en lugar de emitir una crítica o exponer un malestar (que es lo que podía esperar) ha dicho “que tú lo hayas puesto así estuvo loquísimo, es lo más chido que he leído en mi vida, casi me chorreo; eres súper genial y no sé cómo lo haces”. Su reacción da cuenta de la superficialidad en la que se desliza sin apenas tropezarse o de la manera en que asume su vida, tan válida y respetable, a pesar de que sus acciones y omisiones repercuten en la vida de los demás. N vive o existe, forma parte de un circuito de sucesos en los que (in)cumple su función sin plantearse si eso que considera su vida, en realidad le pertenece. En todo caso, no seré yo quien tire la primera (ni la última) piedra.
Primera versión: lunes 12 de marzo de 2012
Texto con correcciones: jueves 22 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
SUBJETIVIDAD FARMACOPORNÓGRAFA
Tras la ducha, unto bajo los ojos una ligera capa de Active anti-age eye care with pure olive leaf concentrate y en el resto de la cara una película de Total age control cream; anti-wrinkle hidratation con la finalidad de mejorar la fachada, mantener a raya los signos visibles del desgaste y aspirar a permanecer en el mercado del deseo, si acaso vale.
Refuerzo mi caparazón con unas gotas de “Óleo Forte”, una esencia cítrica que aleja de mí las “malas” vibras. Otras más de Nasalub para hidratar la nariz. Y si no he dormido bien, un par de gotas de “Manzanilla Sophia” para humedecer la mirada. Masajeo mis pies con una crema “calmante y refrescante”. Y si descubro una nueva herida en la piel, la recubro con una película de isotipendilo (Andantol; buenísimo). Ahora mismo he comenzado la inyección de 2ml de tiamina, piridoxina y cianocobalamina, cinco aplicaciones durante diez días, para rendir al máximo, para potencializar mi energía.
La cantidad de menjurjes extra depende de la contingencia que me habite. Hay mañanas en las que necesito tan poco (y entonces me cuestiono si aún estoy vivo) que siento que una parte de mí deambulará desnuda entre las multitudes. Sí, soy un sujeto farmacopornógrafo que sostiene su subjetividad a base de sustancias para que la vida (mi vida) curse con normalidad, que no con naturalidad, si prolongo mis dedos en un teclado, los giros de mi mano en un mouse; mi presencia espectral bajo significantes visuales (ora imagen, ora texto) y auditivos. También revitalizo mi ritmo con un par de vodkas o unos tintos para llegar al final de mi jornada. Vivir no es fácil; sobrevivir, es un reto y la asunción de un costo.
“La sociedad contemporánea –cito a Preciado- está habitada por subjetividades toxicopornográficas: subjetividades que se definen por la sustancia (o sustancias) que domina sus metabolismos, por las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que orientan sus acciones” (:33). Así, rindo tributo al imperio farmacéutico sin apenas quejarme, de suerte que podría definirme una subjetividad omeprazol, como otros son subjetividad Prozac, subjetividad alcohol, subjetividad cortisona, etcétera.
Siguiendo a Preciado, “el verdadero motor del capitalismo actual es el control farmacopornográfico de la subjetividad, cuyos productos son la seratonina, la testosterona, los antiácidos, la cortisona, los antibióticos […] y todo aquel complejo material-virtual que puede ayudar a la producción de estados mentales y psicosomáticos de excitación, relajación y descarga, de omnipotencia y de total control” (:36-37). Visto así: ¿Qué hay de natural en mi cuerpo? ¿Qué queda de volición en mí? ¿Qué posibilidades reales existen de regresar al principio? ¿Cuál es el inicio? ¿Existe la posibilidad de subvertir este orden?
Lo que el amor desnuda en mí es la energía (Barthes) y lo que el capitalismo postfordista revela, al poner al descubierto el cableado que me articula, pero también los ductos por donde circulan y son absorbidas las sustancias que me sostienen con vida, es una “fuerza orgásmica” (potentia gaudendi) de excitación de un cuerpo condenado a cumplir/rendir, a permanecer conectado: “el cuerpo polisexual vivo es el sustrato de la fuerza orgásmica. Este cuerpo no se reduce a un cuerpo pre-discursivo, ni tiene sus límites en la envoltura carnal que la piel bordea […] este cuerpo es una entidad tecnoviva multiconectada que incorpora tecnología” (Preciado, 2008:39).
De suerte que podría escribir en mi estado de feis: excitado. Un estado permanente de deseo y angustia, de anhelo y frustración, de búsqueda y desasosiego, de presencia y desarraigo. La contradicción impura que funda la subjetividad adicta. En la era farmacopornográfica no hay lugar para confesar que se está molido. Porque quienes caducan, sencillamente no está conectados: no existen.
miércoles, 31 de agosto de 2011
jueves, 7 de julio de 2011
QUEER
La vida en indicativo tiene el encanto de hacernos constar que se está vivo y que se des/vive. Otra historia es la cronología que registran las emociones, los sentidos, los otros, que una vez fijados en una fotografía y/o una frase, suscitan una serie de motivaciones que elevan o derrumban al ánimo. Por si acaso, he aprendido a mirar a atrás sin añoranzas ni con dolor, antes bien, vuelvo los ojos con una perspectiva de quien sabe que ha pasado por esos caminos y que afortunadamente, no los volverá andar, por mucho que se desee, añore o exprima al recuerdo.
Facebook me ha ofrecido la posibilidad de decidir si quiero empaparme de pasado o permanecer lejano al libro del recuerdo. Y en ese acto volitivo, he elegido a qué orillas quiero volver a través de la memoria y de cuáles quiero mantenerme distante por salud mental, prudencia o necesidad de no embarcarme en batallas tan añejas como vanas. Y no obstante, me gusta experimentar las sensaciones que la visita al ayer me despierta: mirar fantasmas es una actividad que sienta bien cuando la tarde se convierte en lluvia (casi) infinita.
Al recordar, no solamente constato que he vivido, sino que además, contemplo la manera en qué he asumido mi existencia: los escondrijos, los meandros, las laberínticas líneas que he andado, los tropiezos y mis apuestas acertadas. Mi vida no ha sido una línea recta (si acaso las hay así); ha sido la sinuosidad de mi paso por esta vida la que significa mi presente; el lugar desde donde miro, en lontananza, todos los hombres que he sido y dejado de ser; mis metamorfosis, las pérdidas y las adquisiciones con que he plantado cara al devenir cotidiano.
Es a través de este recorrido virtual (y virtuoso, tal vez) que corroboro que no hay lugar para la melancolía (ni de género) en este cuerpo que soy y que se planta como una unicidad que no pierde sentido: no es que sea un coherencia absoluta, es que aprendí a ser congruente en mi incongruencia, sensato en mi locura, feliz en mi rareza, irreversible: incombustible Queer.
martes, 21 de junio de 2011
¿PATERNIDAD OBLIGATORIA?
lesbianas, mujeres y homosexuales, son aquellos que dan por sentado que lo que funda una sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad.
Monique Wittig.
Ver telenovelas es un doble acto suicida: cuando no (te) destruyen el cerebro, te lo instruyen, que viene siendo lo mismo que lo primero. Una lobotomía y como tal irreversible [que si las hay reversibles ¿por qué existe tanto selembo en las calles?].
Esta mañana, mientras aguardaba en una sala de estar (ser, pensar y desesperar, en mi caso) escuché una frase que merece estar colocada, con letras áureas, en el panteón de las divinidades sabias (¿zafias?). Un personaje de cierta telenovela, reprochaba al personaje femenino la falta de atención, amor, dedicación que le debía por el sólo hecho de que él, sí la ama; entre otras menudencias, el tipo exigía un hijo de ‘su sangre’ [de la de él, of course]. Me volví hacia la pantalla sólo para presenciar la joya literaria: “cualquier hombre quiere su propia descendencia”. (Los entendidos ya adivinaron a qué culebrón me refiero; frase oportuna en el día después del Día del Padre).
La revelación me obligó a anclarme en mi inmovilidad, pasar por alto el tiempo de espera y re/plantearme ‘mi lugar en el mundo’. Como si del Ángel de La Anunciación se tratara, la voz del personaje me descolocó y me arrebató la posibilidad de pronunciar un hipotético fiat.
Asimismo, considero ahora, que los varones que hemos disentido reflexivamente de la paternidad, por ese simple hecho entramos en la categoría de hombres fallidos, si se quiere ser amable al respecto. Pero siendo honestos, el hombre sin hijos no es hombre sino marica (en la mente obtusa de bastantes el trinomio maldito: hombre-masculino-heterosexual; es indisoluble), alguien raro, de cuidado, residual: un no-macho de la especie. Porque en el sistema sexo/género que es un sistema de mercado, se estudia para tener trabajo, y se labora para casarse: tener una esposa, hijos, casa, autos, mascotas y mantener en funcionamiento el sistema heteronormativo patriarcal capitalista. Más o menos, la mente hetero (reduccionista; aunque no la única) así visualiza el proyecto de vida de casi todo sujeto.
Por ello, cuando alguien tuerce esa linealidad (que no es tal, ni continua ni irreversible), se corre el riesgo (y de hecho se asumen todos los riesgos) de ser etiquetado como no varón.
(1) La mente hétero está dedicado a las lesbianas de los Estados Unidos y es el texto que M.W. leyó en el marco del Congreso Internacional sobre el Lenguaje Moderno, que tuvo lugar en 1978 en Nueva York [en línea] http://www.zapatosrojos.com.ar/pdg/Ensayo/Ensayo%20-%20Monique%20Wittig.htm (21.06.2011)
martes, 7 de junio de 2011
DEVENIR "BUGA"
Significa invocar un devenir, instigar una transformación,
exigir un futuro siempre en relación con el Otro.
J. Butler
Si las mujeres y los hombres bugas no hablan de su heterosexualidad, como sí lo hacen (suele plantearse la necesidad de hacerlo) los varones y las mujeres no-heterosexuales, es porque la heterosexualidad no existe: se es hombre y mujer, normales. Lo otro es raro, enfermo, anómalo, antinatural. Se dice, se cree, se exige desde un adentro (supuestamente) dado.
Nombrarse gay, lesbiana, bisexual, transgénero, transexual, travesti, intersexual, Queer o alguna otra de las múltiples posibilidades sexo afectivas y de género que posibilita la materialidad del cuerpo, requiere un proceso de subjetivación que parte de un descubrimiento. De una revelación que viene de afuera bajo la forma de insulto (pocas veces llega como una pregunta sutil) que una vez instalado, se cuela hasta la interioridad del sujeto descubierto.
Lo que sigue (la mayoría de las veces) es un proceso de asimilación y de rechazo (con matices) del que (¿únicamente?) puede dar cuenta quien vive la revelación. En adelante, la lapidación dejará su impronta, un estigma que el sujeto asume como castigo, como una marca que avergüenza y/o un sino desafortunado, hasta que tras un periodo de duelo (puede llamársele como guste) emerge convertido en otro yo. Un sujeto que se renombra, se reapropia de aquello que lo hiere, resignifica la injuria, subvierte la ofensa, se desheterosexualiza.
La presencia de personas no-heterosexuales no sienta las bases para probar la existencia de una normalidad colocada frente a una anormalidad. Antes bien, revela lo antinatural de la heterosexualidad que se afirma como un deseo que nace de una esencia interior contenida en los cuerpos. Y no es verdad. El deseo, como el género y el sexo, son construcciones culturales construidas al amparo de un sistema sexo/género que se traduce en un aparataje de opresión, exclusión, marginación y discriminación constante por parte de una heteronormatividad que, apoyada por la supuesta mayoría cuantitativa, las instituciones y la reproducción, se ha arrogado la propiedad de ejercer el poder, y desde esa posición privilegiada, nombrar y señalar qué es lo correcto, lo deseable, lo normal, lo lógico, lo natural, lo obvio.
Por ello la heterosexualidad no se nombra a sí misma (salvo cuando debe marcar una línea entre ésta y lo otro, ese otro no-deseable) porque da por hecho que ésta es inherente a la condición de los cuerpos sexuados. Obvia (pocas se detiene a reflexionar sobre sí misma) que la asignación de género (masculino/femenino) es una impronta que el sistema heteronormativo patriarcal (y sus filiales) impone a los cuerpos diferenciados sexualmente y con ello funda (da el visto bueno, valida) también el deseo (heterosexual, se entiende). Nacer niño o niña deviene (en las proyecciones de los progenitores y de la familia y la comunidad social) en hombre y mujer (heterosexuales, que es que ni se plantea otra cosa) que llegado el momento procrearán a uno o una más de la especie. La reproducción mantiene y sostiene la lógica del devenir heterosexual.
Inmerso en la investigación feminista, en estudios de género, de subalternidad o poscoloniales, enganchado en lecturas y discusiones sobre teoría Queer, pero también viviendo en la cotidianeidad la exclusión por ser diferente, atrapados aun en el insulto, contenidos en el discurso simulado o en la actuación disimulada, performando el cuerpo, su accionar y sus deseos para cumplir el rol (de sexo y de género asignado), cualquiera puede caer en la cuenta de que la heterosexualidad no es natural frente a prácticas llamadas antinaturales, por la (¿sencilla?) razón de que cuanto existe es una mediación del lenguaje y por lo tanto, la misma distinción (humana) que se hace entre natural y cultural es ya un constructo social, cultural, económico y político situado. ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué significa ser heterosexual? ¿Qué es lo no heterosexual? ¿Hay un devenir buga?
Lo que existen son los cuerpos (sexuados, generizados y una psique) y sobre ellos obra una serie de disposiciones sexo genéricas que de acuerdo a su cumplimiento, los coloca (o son puestos) dentro o fuera de infinidad de espacios. El sujeto no heterosexual, pronto (es un decir) aprende (y asume) que si la heterosexualidad no es el lugar de su deseo tampoco el insulto es la sede de su existencia. La gran mayoría se reconstruye, aunque bastantes fracasan en el intento. ¿Quién da cuenta de ese dolor? ¿Quién se duele por esas vidas fracasadas?
Organizados o no, revolucionarios o anárquicos, reivindicativos o anormales con aspiraciones, de closet o sin él, obvios o discretos, masculinizados o feminizados, butch o femme, activos o pasivos o ambos, subversivos o indiferentes (el espectro da para variadas posibilidades y matices), los cuerpos que han interiorizado que su materialidad es el primer límite a ser traspasado, combaten en aras de vivir (y cruzar) todas las fronteras que poseen, no solamente las del sexo, el género y el deseo, sino también las del color de la piel, la clase social, la nacionalidad, la edad, por consignar algunas.
Queda a los hombres y a las mujeres, que han conseguido llamarse a sí mism@s heterosexuales, hacerse un lugar en la lucha social y sexual (si se quiere, desde luego) cotidiana y pelear en bloque (sin por ello dejar de diferenciarse) para construir otro entramado social donde lo que se juegue sea el cuidado, el acompañamiento, el aseguramiento de que toda vida precaria es digna de prosperar y ser reconocida, yendo más allá de los límites (de orden sexo afectivo diverso, pero hay más) que no hacen sino constreñir (toda definición es incompleta) y favorecer el ejercicio de la violencia ante la idea naturalizada de que existe un feudo qué defender frente a otros que hay que destruir, torpedeando (más de las veces) la posibilidad del encuentro.
No hay un devenir buga. La heterosexualidad no existe. Se construye (y deconstruye) en relación con, como todo lo demás.
viernes, 3 de junio de 2011
YO ¿INDÍGENA?
En un país racista, clasista, sexista, machista, misógino, homofóbico y cristiano de nombre, culero en la práctica (la mayoría de las veces), ser indígena (llamado o ser considerado tal), dota al cuerpo de una pátina que lo torna invisible, evitable, lejano, innombrable.
Pero la experiencia de exclusión no solamente la padece el sujeto indígena, también la viven los cuerpos cuya pigmentación se aleja de la tez blanca y cuyos rasgos distan de parecerse a las del rostro celebrado por la prensa y la televisión. El rechazo también se vive cuando las prácticas sexo afectivas no son la heterosexual. O si no se participa de modos (que son condiciones) de vida a las que aspira todo el mundo.
Si el cuerpo se aleja del modelo conductual (estético, ideológico, lobotomizado) que sigue la mayoría, se considera entonces un cuerpo fallido, disminuido, negado. De suerte, que ser indígena en México, como asumirse no heterosexual, negro, mestizo, pobre, mujer, no joven, significa frecuentemente ser un Otro indeseable.
Hasta aquí la queja. En la práctica, los sujetos hemos aprendido a ocultar, hasta donde es posible, los rasgos valorativos que una mirada hegemónica podría visibilizar, y en nombre de esos fallos, dejarnos fuera del juego. Al ejercicio de este poder que domina y constriñe a los cuerpos (algunos), los sujetos responden resistiendo.
Y las posibilidades de respuesta para este ejercicio de poder son muchas. Simulando o disimulando lo que se es, asumiendo distintas maneras de vivir el cuerpo, dotándolo de tecnologías para ejecutar estratégicamente formas de ser, hacer, parecer, sentir y pensar para atravesar la frontera porosa del poder y desestabilizarlo. El intento se realiza constantemente. Y a veces, incluso, se logra pandear su equilibrio precario.
Las tendencias reduccionistas aspiran a facilitar la fagocitación y desecho de los cuerpos que no participan (porque no pueden o no quieren) del modelo en turno. Así, lo indígena desde el ámbito de lo económico es un pobre más; un sujeto que incomoda cuando se le mira desde lo político; una exclusión flagrante, cotidiana, silenciosa, desde un enfoque social; un Otro incomprensible desde la ideología.
El indígena, junto con esos Otros no-deseables, son sujetos en resistencia y en continua tensión no solamente con otros cuerpos (y sistemas) sino con el propio también, para hacer dialogar y escuchar y exigir ser escuchados, con miras a construir realidades que den cabida a la diferencia. Que hay sujetos que permanecen indiferentes (¿resignados?), es cierto. Pero acá hablamos de quienes están en la acción.
El poder hegemónico cuando concede, exige que sea el otro quien se asimile y se integre a la ideología dominante; lo cual suele traducirse en una sujeción consciente, en la que se acepta jugar con desventaja sin apenas protestar. Este poder no se cuestiona a sí mismo ni suele buscar la manera de hacer partícipes de la toma de decisiones, asunción de responsabilidades y compartir los beneficios, a más sujetos. La idea de concesión termina siendo, muchas veces, una suerte de chantaje, una trampa que coloca a los sujetos de frente al vacío y de espalda a la pared.
Ser indígena (y/o algunos Otros no-deseables) en un país como México, que es muchos Méxicos, implica vivir en una lucha por recuperar los territorios de los cuales se ha sido desplazado. Y no me refiero solamente a los geográficos, sino también a los de la toma de decisiones y rendición de cuentas. Descolonizarse de formas de mirarse a sí mismo cuya visión termina por construir (o destruir) un otro fallido.
El reto de negociar un día sí y otro también, la permanencia en el ring social que suele aducir la poca disponibilidad de espacio para dejar a bastantes afuera. Significa, además, emprender el reto de pensar (imaginarse) de otras maneras para acondicionar otros mundos posibles, donde la precaridad de la vida, sea una cualidad y no un defecto, re-conociendo que toda vida, por definición, es digna de ser vivida (con dignidad, se entiende) y en consecuencia, cuidada, valorada, reconocida en su diversidad. En esa tarea estamos bastantes.
domingo, 22 de mayo de 2011
PALABRAS
El encuentro con el otro implica un riesgo. Me arriesgo cuando me abro a la posibilidad de comunicarme con los demás, porque expongo la porosidad de mis fronteras. Pero el otro también se arriesga cuando permite que lo penetre. La comunión con el otro evidencia la vulnerabilidad del sujeto a través de la aceptación de las paredes diatérmicas que nos conforman. No hay encuentro en el vacío ni sin incertidumbre ni zozobra. El riesgo nombra la vulnerabilidad y la precaridad que me constituyen.
Este riesgo se vectoriza a través de la palabra escrita y emitida. Digo Yo y fundo también al Tú, que juntos conforman al Nosotros. De ahí, el salto a las otras personas gramaticales son la suma de riesgos asumidos en una diálogo incesante de palabras y silencios. De pausas y continuidades que de/construyen constantemente.
Hablar en nombre propio, entonces, no siempre significa egoísmo. Hay en la enunciación del Yo una negociación con (la existencia de) los Otros. Pero reconocer esa doble implicación (yo más los otros) implica asumir los riesgos que dicha comunión trae emparejada. La cohabitación no resulta sencilla ni es justa si se erige un Yo dominante, tirano, totalizador. Si en cambio se permite la existencia y acción de una sinfonía de voces, la convivencia puede ser armónica. O menos desigual. Utopía pura.
Me asumo Queer en un intento de nombrar/me asumiendo la inclusión de todas las diferencias. Las propias y las de los otros. No reivindico la tolerancia ni la igualdad, que una es corta y la segunda inaccesible. Creo en el derecho y en el respeto a la diferencia (a la diversidad) y en la demanda de condiciones que posibiliten el ejercicio de la equidad en el mayor número de ámbitos en los cuales se desenvuelven los sujetos.
Asumo en mi carne el riesgo de ser traspasado. Herido. De otras heridas dan cuentan las cicatrices que habitan mi cuerpo. He aprendido a vivir en la frontera (riesgo máximo) que es como no habitar ninguna parte y estar en todas. Paradoja pura. Resisto porque espero. Y me afano en la construcción real de esa esperanza que no es cristiana ni chantajista sino racional y emocional. Humana.
viernes, 11 de marzo de 2011
MANIFIESTO/ME TODO
Mis muchas diferencias.
¿Por qué no pensar lo imposible?
¡Otro mundo es posible! (2)
Nombrar la especificidad de la opresión (3)
que nos subyuga...
Descolonizar la imaginación (4)
para pensar/nos de otra manera.
Deshacerme de la imagen y semejanza de Dios
y construirme humano con el otro.
Notas:
1. Pedro Lemebel
2. Foro Social Mundial
3. Cherrie Moraga
4. Chela Sandoval
viernes, 4 de marzo de 2011
MI CUERPO ME IMPORTA
Cuerpos poéticos - Sergio Oms
